Vorágine

De Cartas a Ophélia

“Todas las cartas de amor son ridículas”. Pero eso es porque todo amor que se respete como tal es ridículo en una manera u otra. Desde las cartas cursis, pasando por el uso de nombres cariñosos, por el simple hecho de hacerse cariñitos juguetones como si la otra persona fuese un cachorro perdido, el enamorado es ridículo. No que esto sea malo, como he dicho, amor que se respete debe ser ridículo y nadie está exento de ello. Ni siquiera Pessoa.Pessoa, por más sufrido que se quiera hacerse parecer como Bernardo Soares en su Libro del desasosiego, fue un ridículo también. Basta con leer sus Cartas a Ophélia para darse cuenta de ello. En ellas podemos encontrar cosas que encontraríamos en correspondencia entre enamorados en secundaria. El uso de nombres como ‘Bebé Nininha’ o ‘mi pequeño Bebé querido’ no dista mucho de decirle a la otra persona ‘Osito de peluche de Taiwan’ o algo por el estilo. Pero así son las cartas de amor: ridículas. Se utilizan términos en diminutivos para todo y un código que revela mucho diciendo poco. Eso es tal vez lo interesante de las cartas de amor.

Hace unos meses pedí yo a algunos conocidos que me compartieran sus cartas de amor. Muchas de ellas, entre correos electrónicos, retazos de cuadernos escolares, hojas de colores, discos y una gran gama de presentaciones, no diferían mucho de esas que Pessoa le dedicó a su Ophélia. En muchas de ellas, había conflicto latente, aunque jamás se dijera directamente qué había sucedido en concreto. Había también guiños a secretos que eran aún más elusivos que los conflictos. En realidad, en una carta de amor no se cuenta nunca nada. Al menos no de la manera explícita. Es parte de una comunicación mutilada donde las partes involucradas conocen a ciencia cierta los detalles de lo ocurrido y sólo hace falta decir cosas cómo “me gustó mucho verte esta tarde” o “sé que allá en el parque hice mal” para que la otra persona sepa con exactitud lo que quiere ser referido.

La paradoja entra en lo siguiente: a pesar de que no se cuenta nunca nada concreto, uno puede descifrar las historias y llenar los huecos por el simple hecho de que todas las cartas de amor son iguales. Claro, para ello uno debe haber escrito cartas de amor ridículas y conocer el proceso que ello implica. Uno debe saber cómo funciona dicha ridiculez para poder llenar los huecos con conjeturas que, aunque no lleguen a ser del todo fieles a la realidad, nos darán una idea muy cercana a qué pasó entre las dos personas. Y para esto no es necesario conocer las dos partes de la correspondencia. Conocer un solo lado de la comunicación basta para darnos una idea de que sucede o sucedió. Ophélia y Pessoa no son la excepción.

Si bien sólo tenemos las cartas y poemas que Pessoa le escribió a su querida Ophélia, podemos imaginarnos cómo fue su amorío. Pessoa es ridículo, pero no elocuente. Sus cartas en realidad son bastante cortas, pero en ellas dice mucho de cómo era la rutina de estos, de cómo se hablaban, se trataban y cómo enfrentaban el mundo. Estas Cartas a Ophélia si bien no nos cuentan explícitamente el amor entre ellos dos, sí nos dejan ver e imaginar a un Pessoa ridículo y enamorado como cualquiera de nosotros pudiera llegar a serlo.

Fernando Pessoa, Cartas a Ophélia, Libros del Zorro Rojo, 2010.

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Acerca de Borchácalas

Borchacaleo en los sueños ajenos hasta cansarlos.

Un comentario el “De Cartas a Ophélia

  1. Agradable texto… Don Fer y su lado más romántico tan poco sonado.

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Esta entrada fue publicada en julio 30, 2012 por en Epistolario, Reseñas y etiquetada con , .

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