Vorágine

Memorias de El fin de la locura

Hace unos cuatro años yo no leía ni una cuarta parte del volumen que leo ahora. No es cosa de presumir, es cosa de que hace cuatro años, entre dramas amorosos, me dediqué a leer. Y para superar el drama amoroso se me ocurrió –gran idea la mía, muy brillante- pedirle a la causante de mi drama amoroso que me recomendase libros. Porque, claro, la razón del drama era que no leía tanto como ella o al menos no leía lo mismo y por lo tanto no podíamos comunicarnos -o al menos eso creía yo, estúpidamente-. Ella, con un poco de duda entre si contestarme o no a mis correos de patéticos ruegos, me recomendó un libro que tal vez es más importante para mí de lo que debería.

Ahora, de unos meses para acá, después de molestar mucho a mi padre con el tema de la lectura, pues él toda mi infancia dijo que yo estaba enajenado y que debería leer y ahora era él el enajenado, me pide que le recomiende libros. La verdad es que tiene un buen ritmo y se me están acabando los libros para recomendarle ya que sólo lee novelas. Así es como el dichoso libro regresó a mi vida. Tiene cuatro años que leí El fin de la locura de Jorge Volpi y tal vez no lo tenía muy presente hasta hace un par de semanas que se lo recomendé a mi padre. En verdad no estaba yo muy seguro de la recomendación, pero decidí darle el beneficio de la duda a Volpi.

¿Cómo recuerdo a Volpi? Pues de dos maneras: la primera es como un eterno sufrimiento amoroso con el que me sentí terriblemente identificado –y que ahora tengo la certeza que esta recomendación fue una culerada de la otra persona a mí- y la segunda que no tenía sentido, que estaba mal escrito y que era confuso y críptico. Siempre quise creer que no estaba siendo objetivo con el libro porque uno luego tiene una impresión incorrecta de los libros cuando se leen en un momento poco oportuno. Y cuando lo leí era un horrible momento.

Pero la verdad es que volví a hojear el libro un par de veces y encontré aún más faroladas. Y es que Volpi cree que por haber nacido en el 68 es necesario hacer una novela histórica de algo que está más que documentado mezclando estilos y haciendo que el lector se sienta cavernícola. Veamos, Volpi, si quieres mostrar tu pito intelectual y presumirnos que conoces a todos los escritores y filósofos y personalidades importantes de los movimientos socialistas y liberales de la última mitad del siglo XX, haz una tesis o un ensayo comparativo o un trabajo histórico formal. Porque si tu intención era acercar al lector a la experiencia de los movimientos estudiantiles, no lo lograste. Lo que logras es hacer que la gente se pierda entre los falsos Sartres y Barthres y la radio de Bob Dylan y que Octavio Paz y que el sub comandante Marcos y la selva y el Che y la guerrilla de quién sabe donde y de todos modos no se entiende nada. Lo peor es que la novela no tiene un tono predominante. Cambias tanto de voz entre cartas, programas de radio y artículos de periódicos que uno no puede encontrar el ritmo.

El fin de la locura es una de esas novelas gordas que se escriben para que el autor demuestre que sabe muchísimo y que es mejor que el lector. Y pues demuestra que es cierto. Es mejor que yo para presumir lo que sabe. Felicidades, Volpi, eres más farol que yo.

Pero hagamos como que estoy equivocado, que no tengo lo suficientemente fresco el libro como para juzgar al pobre y pusilánime Aníbal Quevedo. Tal vez le tengo mala tirria porque el personaje idiota hace lo mismo que yo hice hace cuatro años pero durante toda su vida. Tal vez la historia de pocas agallas de Aníbal me pone mal. Tal vez me ponga mal que no entendí la mitad de las referencias hace cuatro años. Hagamos como que puede ser un buen libro. Pero seguramente les estaría mintiendo.

Aunque te concedo que el título es acertado: cuando lo terminas, piensas, “Por fin llegué al fin de esta locura”.

Jorge Volpi, El fin de la locura, Booket, 2004,

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Borchacaleo en los sueños ajenos hasta cansarlos.

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Esta entrada fue publicada en agosto 21, 2012 por en Novela, Reseñas y etiquetada con , .

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