Vorágine

Juegos florales, Sergio Pitol

Es este blog somos entusiastas de Sergio Pitol, bueno, yo soy entusiasta de él, ya los dos autores de este blog somos fans, así que se dirá todo en primera persona del plural para que parezca que tenemos más autoridad.

Pitol es uno de los regentes indiscutibles de nuestro panteón literario (gracias, abuelo) y a veces puede que seamos demasiado injustos con él por tenerlo tan arriba. Él sabrá perdonarnos las expectativas, porque él nos las ha creado.

Juegos florales es la segunda novela de este autor, que ya tenía hechas traducciones,  casi 10 libros de cuentos (dentro de los cuales se encuentra Nocturno de Bujara, que merece un post aparte) y una primera novela; ya había viajado por el mundo por parte del servicio de relaciones mexicano. Queja y reconocimiento: esa experiencia le dió a su obra el  cosmopolitismo que cruza toda su obra.

Este post creemos que iba de la novela, pero se nos escapan las ganas de ser generales: En la literatura de Sergio Pitol hay algunas líneas constantes que no podemos ignorar, que le dan el sabor agridulce; nociones relacionadas con lo monstruoso, lo grotesco, lo abyecto, lo extraño, lo repulsivo, lo detestable. Eso, por cierto, es literatura.

Importa como todas estas nociones se van articulando dentro del relato para convertir la cotidianidad en algo pavoroso y lo extraordinario en algo común; la ambigüedad que articula la realidad y la extrañeza que ésta produce. Enfrentarse a algo que no es del todo desconocido pero que se muestra como extraordinario; la realidad que parece normal pero al mismo tiempo insólita. La extrañeza no sólo como experiencia sino también  como construcción estética en toda la obra de Sergio Pitol. Del carnaval al aullido y de regreso. El énfasis que se hace en la mundanidad, es sus olores, sonidos, imágenes, etcétera, a lo largo del relato es nuestra primera pista para hablar de lo abyecto y al mismo tiempo de lo ajeno.

En Sergio Pitol hay constantes que nosotros, como crítica incansable y abominable debemos mencionar (y por eso nos importa tanto esta novela: es su punto de partida para temas, formas e ideas que desarrollará en otras novelas, tal vez, con mucha más maestría de la que hay aquí):

  • La literatura como viaje, notar el cosmopolitismo que atraviesa toda la obra de Pitol para ver  la estructura de libro de viajes y bitácora que va hilando, pero a la vez fragmentando la realidad y la verdad a través de un juego con la memoria. Esta estructura será importante en la creación de un clima de tensión, que de acuerdo con nuestra lectura, termina por construir la mosntruosidad, pero sobre todo lo repugnante en lo cotidiano.
  • La formación de paisajes desconocidos que pueden partir del exotismo o de lo cotidiano. La ambigüedad en su formación e identificación.
  • El trato del tiempo nunca es lineal, pues si fuera así, la narrativa tendría que estar cargada de efectismos y sorpresas para lograr una sensación que se acerque al estilo ya establecido y  la obra de nuestro autor carece de estas sorpresas; sin embargo vemos que el misterio en los relatos se logra “con un presente que aparece una y otra vez de un modo obsesivo desde el tiempo pasado”. La estructura es un continuo ir y venir, una especie de fuga desde la que se dan los brincos.
  • De igual manera, un espacio determinado aparece y se desvanece a lo largo de los relatos. Cada lugar tiene un significado especial para el relato y es parte fundamental en su construcción. Separados no significan mucho, pero en conjunto dan significado a todo el “laberinto”.
  • El laberinto, o más bien la estructura laberíntica de los relatos, para poner de manifiesto la no secuencia lógica ni lineal del trabajo pitoliano. La intriga que se va formando con todos los elementeos que hemos mencionado (incluyendo una preocupación sobre el ejercicio de la escritura) y en donde el centro del laberinto, y por lo tanto la solución del misterio, es un hallazgo inútil pues en realidad vemos que no es más importante que el resto del laberinto.
  • Los personajes locos, enfermos, perdidos o vencidos, pero fundamentalmente grotescos, que provocan repulsión al mismo tiempo que van creando en el lector una intimidad particular fundamentada en el sentimiento de extrañeza que crea la suma de lo antes enumerado.
  • El carnaval como horizonte hermenéutico de la narración, se desconfía de las apariencia pues lo que existe es una subversión del orden establecido; las máscaras se encuentran donde menos se espera; y por lo tanto el titubeo básico al enfrentarse a la naturaleza que no se ha querido aceptar, o más bien que no se consigue aprehender.

En Juegos florales una anécdota es el desencadenante. Un viaje, una frase en una conversación; tienen valor no por la anécdota en sí, sino porque activan las asociaciones de la consciencia y la mente de una forma casual e irrelevante que contrasta con la gravedad e importancia de los recuerdos. De ahí que la historia sea el orígen de algo mayor: el reconocimiento del mundo interior (y algunas veces el desagrado ante el mismo) donde  la lucha se encuentra en la cercanía y la fuga al mismo tiempo de la realidad, de lo cotidiano. La ambigüedad latente materializada en un personaje como Billie y el juego de memorias que se hace alrededor de ella.

Sergio cautiva; y cautiva porque nos recuerda a cada paso, en cada gesto, que todos los seres humanos somos un pequeño monstruo, o más bien, que la naturaleza humana es susceptible de tornarse monstruosa a la menor provocación. Todo está contenido en pequeñas dosis dentro de la cotideanidad y las relaciones, lo propio y lo ajeno.

Y sí, le podemos acusar de metaliterario (el escritor que no puede escribir y nos cuenta que quiere escribir), de enredado (una historia que nos cuenta otra historia que contiene otra historia), de cosmopolita (¿Es necesario que pase en Roma?), de localista (pero se regresan a Jalapa y a su universidad), pero no podremos acusarlo de dejarnos sin conmover.

En esta novela hay un Sergio Pitol mediano, experimentando apenas en el género de la novela, en una obra bastante ignorada, y sin embargo, es infinitamente mejor escritor que la mayoría de ustedes y así será siempre. Archívese.

 Sergio Pitol, Juegos florales, Siglo XXI, 1982.

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Acerca de Rodrigo hombrecactus

Soy uno de esos personajes planos tipo relato de folletín que aspira a ser esférico. De esos que son copias malas de Filiberto García:sin sombrero ni pistola.

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Esta entrada fue publicada en agosto 28, 2012 por en Novela, Reseñas y etiquetada con , .

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