Vorágine

La casa de las bellas durmientes, Yasunari Kawabata

Alguna vez, en un café con Rodrigo, un poco antes de que tuviésemos un lugar predilecto para nuestras pláticas de café, él me mencionó que debía leer a Kawabata. En verdad no recuerdo bien qué fue lo que se dijo. Probablemente la conversación habrá nacido de haber comentado algo sobre Murakami y su Tokio Blues o su Crónica del pájaro que da cuerda al mundo. Recuerdo vagamente que me dijo que él sólo era una especie de descendiente de Yasunari Kawabata. Hoy yo más bien diría que es una mezcla de Kawabata y Oé, pero luego habremos de comparar mejor a los autores japoneses. Hoy quiero hablar de La casa de las bellas durmientes, uno de los libros que me recomendó ese día.

La casa de las bellas durmientes, hasta hace un poco más de un año, era imposible de conseguir en librerías y era, evidentemente, el libro que Rodrigo no me podía prestar de los tantos que me había recomendado. Para leerlo, tuve que acudir a la biblioteca central. Creo que lo leí en un par de días y la próxima vez que vi a Rodrigo no pude sino comentarle que era un libro enorme. Después de eso, me prestó Primera nieve en el monte Fuji y Lo bello y lo triste. Así fue cómo empezó mi gusto por Kawabata.

Kawabata es uno de esos escritores que necesitan mejores personas para reseñarlos que su humilde servidor. Pero resulta que para mí es un autor simbólico. Para mí Kawabata es La casa de las bellas durmientes y las pláticas de café con Rodrigo. Sin embargo, no por ello es un autor menor. Kawabata es un autor enorme que tiene el poder de llevarte por caminos muy sutiles, sin que pase nada aparentemente, y aun así ser de un gran contenido. Si no es por la observación, es por el recuerdo, si no es por el recuerdo, es por el paisaje o lo sutil en las pequeñas acciones de los personajes.

En La casa de las bellas durmientes, como podrán comprobarlo en las mil y un reseñas y ensayos que hay en internet sobre ella, es una novela que va del recuerdo. Los recuerdos que vienen a la mente de un viejo por medio de los sentidos y del placer de yacer junto a una joven virgen narcotizada. La manera que tiene Kawabata de evocar los recuerdos es sutil. Yo, a decir verdad, la primera vez que lo leí, no me percaté del momento en que pasábamos de la narración de la habitación donde se encuentra el viejo Eguchi, a la memoria de éste. Y en ella no pasa nada más. Sólo la remembranza de las mujeres que ha tenido el viejo Eguchi y ya. Si alguien espera un gran nudo, un climax, que algo se desarrolle, se va a quedar sumamente decepcionado. Pero no necesita más, porque el objetivo no es resolver algo, sino sólo contar.

Para mí este libro representa una oleada de cosas. La primera es el rompimiento de paradigmas que tenía sobre la literatura. Definitivamente Kawabata es un autor importante para mí y sí hay una división temporal entre mi visón de la literatura antes y después de Kawabata, aunque tal vez no sea tan perceptible en mi caso.

La segunda es la carga sensual que me evoca la novela. De principio a fin, cada descripción evoca una sensación: el té caliente, la sensación de la piel, el olor de los alientos de las muchachas, los colores. Es una novela con una gran carga de descripciones que evocan los sentidos. Y lo hacen, en mi caso sin fallo. Cada que lo leo, realmente siento a la cálida muchachita Kawabata que, es tan cálida, que no puede sentir frío.

La tercera, y tal vez la más importante, es que este libro es uno de los tantos vínculos que tengo con Rodrigo. No por ello hace menos lo anteriormente dicho. Al contrario, lo anteriormente dicho fortalecen este último punto. Lo hacen porque es un vínculo que no crece ni nace de algo superficial, sino que se anida: la literatura que gusta y se quiere, se comparte; la literatura que gusta, se nos queda; las cosas que nos gustan y que se quieren, se comparten y se quedan ahí; lo que nos comparte la gente que queremos, nos impacta

No me considero apto para hablar objetivamente de La casa de las bellas durmientes. Pero sí considero que es uno de esos libros que me gusta compartir por todo lo que para mí implica y significa.

Yasunari Kawabata, La casa de las bellas durmientes, Émece, 2011.

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Borchacaleo en los sueños ajenos hasta cansarlos.

2 comentarios el “La casa de las bellas durmientes, Yasunari Kawabata

  1. alnilamm
    septiembre 18, 2012

    🙂

  2. Artasanchez
    septiembre 18, 2012

    No puedo más que ir corriendo a conseguir alguna lectura de Kawabata, gracias a esas tardes de café de ustedes dos y a tu reseña, que está a la altura de las circunstancias. Me gustan las historias sensuales, sensoriales y gozosas de contarse, sin necesidad de descubrir algo sl final, gracias por tus líneas!

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Esta entrada fue publicada en septiembre 18, 2012 por en Novela, Reseñas y etiquetada con , .

Kampa

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