Vorágine

Sobre ‘La gota de agua’ de Vicente Leñero o la frustración profesional.

8 enero 2013 | Andrés Borchácalas

Quién bien me conozca sabrá que tengo conflictos profesionales. Es decir, la profesión que estudié no concuerda con aquello que me gusta hacer. Esto, claro, no es noticia nueva. El conflicto siempre estuvo ahí, desde antes de haber entrado a la carrera. No como un conflicto explícito en ese entonces, sino como uno latente, listo para salir.

No fue sino hasta el segundo semestre de la carrera cuando el conflicto latente empezó a convertirse en conflicto declarado. En ese entonces yo llevaba una materia en la carrera llamada “Literatura hispanoamericana contemporánea”, impartida por el entonces coordinador de la división de Ciencias Sociales y Humanidades de mi facultad: un profesor, que tal vez se veía mayor por la cantidad de cigarros que consume (no ha habido una sola vez que lo encuentre en los pasillos que no esté fumando), egresado de la misma facultad, aunque de carrera distinta y que, además, hizo estudios en la Facultad de Filosofía y Letras. Fue este profesor que, en las clases, nos hablaba de ingenieros que no habían jamás ejercido como tales. Ingenieros que habían dejado la carrera a la mitad para probar suerte en la filosofía y las letras o que habían terminado para jamás tocar su título y mejor dedicarse a las humanidades o ciencias sociales. Entre ellos figuran dos importante figuras para mí: Jorge Ibargüengoitia y Vicente Leñero. Al primero lo he leído más, pero del que quiero hablar es del segundo.

He aquí un bonito ejemplar

He aquí un bonito ejemplar

Vicente Leñero, como muchos ya sabrán, y yo no vengo aquí a darles cátedra, es ingeniero civil, carrera que jamás ejerció. Escribió y se dedicó a trabajar en la revista Proceso. Entre sus escritos figura una novelita llamada La gota de agua. Esta novela fue uno de los ejes principales de aquella clase hace ya cinco años donde, la idea de que el ingeniero no es sólo una calculadora, predominaba en el aire. También fue una de las opciones de lecturas que podíamos hacer entonces, entre las cuales también se encontraban novelas de Ibargüengoitia y otros autores. En esa época no logré encontrarla, así que mejor leí a Ibargüengoitia. Sin embargo, hasta hace un mes, que me regalaron la dichosa novela, la había yo tenido en la cabeza.

La gota de agua no es en realidad una gran novela ni debe ser considerada la obra maestra de nuestros tiempos. No es mala, tampoco. Pero trata sobre un tema que a mí me pesa: la pelea con la profesión.

Si tuviésemos que salvar un solo capítulo de la novela, yo elegiría el capítulo IV. Hay dos razones. La primera es que fue uno de los capítulos que nos leyó el profesor para hacer valer su punto de los ingenieros como escritores. Hasta la fecha, puedo recordar su voz leyéndonos. La segunda es por el capítulo mismo y puedo imaginarme el trabajo que le costó a Leñero escribirlo. No porque sea profundo –es bastante mundano-, ni porque tenga un drama difícil de digerir –es bastante gracioso, aunque Ibargüengoitia tal vez diría que es trágico-, ni mucho menos porque tenga un lenguaje muy complicado –es bastante sencillo salvo ciertos tecnicismos. No, le habrá costado trabajo escribirlo porque el capítulo habla de sus pocas actividades como ingeniero: las obras en las que participó mientras era un estudiante haciendo el servicio social en las obras de construcción de Ciudad Universitaria y otros pocos trabajos. ¿Por qué salvaría este y no otro? Porque este capítulo es el que más natural se siente, el que le da sentido a la novela: sin él, la novela sería sólo una experiencia más de lo frustrante que es hacer cualquier tipo de remodelación en casa habitación.

Yo lo entiendo. Yo me identifico. Cuando uno tiene el conflicto, y sabe que su profesión no le llena, cuando sabe que su profesión no le gusta y la encuentra tediosa y aburrida, pasa todo lo narrado por Leñero a través de La gota de agua. Es ir en contra de uno mismo a pesar de saber –o tener al menos nociones de- las opciones técnicas de algo. Uno bien puede hacerlo, pero la idea misma de llevarlo a cabo se convierte en una enorme pesadez que se arrastra a lo largo de todo el proyecto. Uno debe aguantarse, porque a veces es inevitable, pero lo va a hacer uno de mala gana. Tendrá uno que soportar con la desesperación de no poder actuar en cosas tan sencillas por culpa de otros, de la estupidez de los demás, de la negligencia de los otros. Uno va a equivocarse porque hará el trabajo lo más rápido posible para librarse de él cuanto antes. Y es un desgaste emocional doble cuando uno lleva encima esta tara. Pensar en taladrar, excavar, instalar, conectar, soldar, cimentar, hace que uno se paralice ante la idea de un trabajo. Es una tortura.

Esta novela tal vez habrá gente que le parezca graciosa. Y sí, tiene varios lugares de la cotidianeidad que, mientras no nos sucedan a nosotros, son hilarantes. La desgracia ajena siempre es entretenida cuando no graciosa. Pero aquello de lo que habla Leñero realmente sucede. Realmente puede llevarlo a uno a la desesperación y, si el problema toca ese tema de nuestra problemática propia, puede volvernos locos. Algo tan simple como instalar un depósito de agua para evitar la escasez en el futuro puede sacarnos de nuestras casillas.

¿La recomiendo? Sí. No es la obra maestra, repito, pero si una de esas novelitas que me llegaron. La recomiendo, no por que vayan a encontrar el gran tratado filosófico ni el gran descubrimiento de la naturaleza humana; la recomiendo porque a mí me tocó ese algo que comparto con Leñero y es, para mí, una gran novela.

Vicente Leñero, La gota de agua, Fondo de Cultura Económica, “Col. Letras Mexicanas”, 2002.

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Acerca de Borchácalas

Borchacaleo en los sueños ajenos hasta cansarlos.

3 comentarios el “Sobre ‘La gota de agua’ de Vicente Leñero o la frustración profesional.

  1. Damián
    agosto 27, 2013

    Es, como dices, una novela graciosa. Bastante. Que debería haber publicado bajo un seudónimo para que no me pasara yo buscando esas gracias en el resto de su obra.

    Cabe mencionar que ya no se consigue mas que prestada o de viejo.

    • Damián
      agosto 27, 2013

      Por otro lado, desde la frustración personal comprendo tu punto. Pero supongo que no hay mejor catarsis que describirla bajo tus propios términos.

    • Borchácalas
      agosto 27, 2013

      El FCE la edita en pasta dura. En el último año yo he conseguido dos ejemplares.

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Esta entrada fue publicada en enero 8, 2013 por en Novela, Reseñas, Sobre libros y otras fantasías y etiquetada con , .

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