Vorágine

El universo de al lado

Por: Andrés Alba

Ciencia ficción y sentido del humor, dos de mis cosas favoritas en la literatura, aunque cuando se trata de letras latinoamericanas no se encuentra mucho de ellas. No digo que sean nulas, existen grandes escritores mexicanos de ciencia ficción, aunque por lo general se mantienen en el anonimato. Y cuando se trata de sentido del humor, bueno, sólo puedo pensar en Ibargüengoitia, seguro debe haber otros sinceramente hilarantes, pero desgraciadamente no me he cruzado con ellos.

Cierto día, en una feria del libro, hubo uno que llamó mi atención. De esos libros que sin razón alguna nos hablan desde sus estanterías y piden ser atendidos aunque sean ediciones deslavadas, sin autores famosos ni títulos reconocidos. El libro era El Universo de al Lado, de Eduardo del Llano.

Comencé a hojearlo. Los capítulos eran breves así que leí un par ahí mismo, y lo que descubrí me provocó sorpresa y emoción. Al parecer al fin se habían unido mis amores literarios, y no es que no haya ocurrido antes, La Guía del Autoestopista Galáctico de Douglas Adams es prueba de ello, pero aquí existía una peculiaridad. Eduardo del Llano es cubano, nacido en Moscú, pero cubano al fin.

La posibilidad de que algo así naciera de Latinoamérica me parecía fascinante, y la verdad, esperanzador. Porque la historia en El Universo de al Lado manifiesta su intención cómica desde su premisa: Bulgaria y Paraguay han desaparecido y el mundo, ocupado en sus propios asuntos, ni siquiera lo ha notado. Del Llano comienza entonces un relato del absurdo con gran efecto cómico: “Normalmente, ver un paraguayo es sólo un poco más difícil de ver al Yeti. La inmensa mayoría de la gente vive sin Paraguay”, escribe, y resulta gracioso porque es verdad.

Pero a la desaparición de estos dos países le sigue una que nadie puede pasar por alto. La luna deja de estar en su sitio, y los gobiernos del mundo enloquecen. Porque una cosa es perder dos países que nadie puede señalar en un mapa, y otra muy distinta que falte la cosa esa del cielo que lo ilumina todas las noches.

En consecuencia, la CIA reúne un escuadrón de búsqueda compuesto de personajes chapados al estilo de Monthy Python, que van desde el detective de la narración cliché en primera persona, la femme fatale, un científico dueño de un portal a otras dimensiones y hasta un hombre programado genéticamente para ser tan insignificante que pasa completamente inadvertido. Los personajes son ridículos, y por ello funcionan tan bien en un mundo de absurdos, donde sólo lo imposible es una opción viable.

El grupo de espías es enviado en busca de Lipidia, un país compuesto enteramente por terroristas y presunto responsable de la desaparición de la Luna. El problema es que nadie conoce la ubicación de Lipidia, y así comienza una búsqueda alrededor del mundo que más parece una carrera de Wacky Racers.

Y hasta aquí todo bien, pero es en el desarrollo donde la obra padece. Confieso que me costó trabajo descubrir el problema, pues no es como que un solo elemento arruine la narración, es más bien la falta de bríos, como si la historia se fuera cansando de su propio estilo y de tal manera revelara que lo que la hacía tan original era sólo una fachada.

El tono satírico y frenético desaparece paulatinamente. Las bromas ingeniosas y las situaciones inverosímiles van escaseando a la mitad del libro y, en vez de tener una aventura delirante, terminamos con un thriller de lo más mediocre. Y ni se diga de la ciencia ficción, que es completamente abandonada desde el capítulo seis.

¿Cómo es que esto ocurre? Sencillo, el libro comienza a tomarse demasiado en serio a sí mismo. Se le olvida  de pronto que Lipidia, el país terrorista, la abducción de la luna y la carrera alrededor del mundo son parte de un juego en farsa. Es como si el autor de pronto hubiese pensado “Santo cielo, la Luna está perdida, es un asunto serio, olvídense de bromas y vamos a buscarla”.

Y con ese pensamiento como punto de partida, la novela se transforma en un relato policiaco cuyas piezas no encajan (y es comprensible, estaban diseñadas para no encajar nunca). El detective y la femme fatal se convierten en el centro de atención y el resto de los personajes, mucho más interesantes, son borrados con giros en la trama de lo más mundanos.

Incluso, sin ninguna razón aparente, Eduardo de Llano comienza hacer una reflexión, o tal vez crítica, pues no queda muy claro, de la Cuba de Castro. Y lo que era una comedia inocente pretende elevarse al plano de la crítica social. Y no es que esto esté mal, simplemente es que no tienen cabida en el mundo que el autor plantea en un principio y del que parece aburrirse a la mitad del camino.

El sentido y la intención de la novela se pierden a cada página. Y al final el resultado es un libro que no es farsa ni novela negra, ni ciencia ficción ni ensayo político. Y ante esta confusión, que más que gracia causa pena, Eduardo de Llano encadena en los últimos capítulos una serie de deus ex machina que se sienten como un intento desesperado por escapar de un libro que ha colapsado en el intento.

El universo de al lado no es un libro terrible, pero sí decepcionante y eso es todavía peor, pues lo que lo hace único se diluye poco a poco, como si el sentido y el humor y la fantasía fueran rechazados. ¿Será que el sistema inmunológico del escritor latinoamericano suele ser resistente a la comedia?

Eduardo del Llano, El universo de al lado, Editorial Salto de Página, 2006.

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Esta entrada fue publicada en mayo 27, 2013 por en Novela, Reseñas y etiquetada con , , .

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