Vorágine

Réquiem para el desasosiego

Me gusta pensar que uno escoge los textos que lee, pero no siempre es así: a veces los libros nos escogen a nosotros. No sé bien como explicarlo y parecería más bien que es cosa del destino, algo inevitable que nos busca. Tal vez sea mejor que les cuente lo sucedido.

Hace un par de semanas, platicando del clima y las ciudades con cierta muchacha, salió a flote una película que se situaba en Lisboa. De la película podíamos sugerir que se trataba un poco de fantasmas que se le aparecían al protagonista que mostraba cierta melancolía y que sufría de la famosa saudade de Pessoa. Salió a tema porque decíamos que, en climas lluviosos, nos gustaba ver películas melancólicas y ésta ciertamente era una de estas. Yo no la había visto y me llamó la atención más allá de la temática. Algo había en ella que me impulsaba a verla.

En la semana siguiente –qué va, al día siguiente– la conseguí: se llama Réquiem. Así que, en la mejor de las disposiciones, tumbado en cama con la computadora en las piernas, acomodado para disfrutar de la tarde conmigo mismo y la película, comencé a ver los créditos de entrada y tuve que detenerme a la mitad de ellos al ver que estaba ésta basada en una novela de Tabucchi.

Conviene ahora que les cuente mi relación con Tabucchi. Antes de esto, yo a Tabucchi lo conocía porque el Hombrecactus me decía que debía leerlo, que él y yo nos íbamos a llevar bien, y que iba a gustarme bastante. Normalmente confío en su juicio, pero lo había dejado pasar por distracción y falta de tiempo.

Así pues, para mi sorpresa, el dichoso autor se me aparecía en forma de película, como diciéndome que debía hablar con él o algo parecido. No pude más, detuve la película y mejor me puse a hacer otra cosa. Debía leer a Tabucchi, sólo que no sabía ni veía cuándo.

Pasaron un par de días y los integrantes de este su blog fuimos a comprar libros. Estuvimos en la librería unos minutos antes de que encontrase, sin buscarlo, Réquiem. Era demasiada coincidencia. En una semana no sólo Rodrigo me había dicho que debía leerlo, sino que me habían recomendado ver una película basada en el libro que ahora se postraba frente a mí, esbelto y con su bonito color verde. Tuve que comprarlo: tanta coincidencia no se puede ignorar.

Pero bueno, ¿a qué hora pienso hablar del libro? Justo ahora. Sin embargo, el tono cursi y sentimentalón que ha ido plagando esta reseña tendrá que seguir. Lo siento, pero así lo requiere y tendrán que dispensarme.

¿De qué va Réquiem? Justo de esto que les estoy contando. O bueno, no precisamente, pero de algo parecido. Tabucchi se me apareció como fantasma con quien tenía asuntos pendientes y del cual no pude zafarme. Tenía que enfrentarlo. Y tal vez “nunca debí haberlo hecho,…, no es aconsejable hablar con fantasmas, es algo que no debe hacerse, pero a veces no hay más remedio”. Ahora hay algo que ha cambiado y no logro decir qué es. Es como si me hubiese dejado pistas y citado para que me enfrentara a mis propios fantasmas y lo encontrase, sólo que al principio de mi historia con él y no al final de ella.

Pero uno debe enfrentarse con su destino, encararlo y decirle sus verdades; hilar aquello que todavía nos confunde y encontrar en los detalles sutiles la respuesta de algo que no comprendemos del todo. Es algo que no se puede enseñar y se aprende inadvertidamente; cuando menos nos damos cuenta, ya lo sabemos y la respuesta se hace evidente, pareciera siempre haber estado ahí aunque nosotros la ignorásemos casi por voluntad. Así tuve que enfrentarme a Tabucchi, buscando respuestas en sus páginas.

El libro lo terminé pocos días después de haberlo comprado. Fue absorbente e imposible de dejar para después. Pareciera que yo mismo tenía una cita con Tabucchi que no podía perderme y, mientras esperaba, debía enfrentarme con algunos fantasmas por venir para encontrar respuestas en Réquiem.

La película la vi horas después de terminar el libro. El libro podrá ser compacto, pero no hay una sola palabra de desperdicio. Leerlo tiene un extraño doble efecto: encuentras cierto sosiego en el ritmo de las palabras, pero también, mientras vas descubriendo su centro, no hay más remedio que sentirse desasosegado.

También me dejó unas extrañas ganas de discutir las diferencias entre libro y película con quien me la recomendó, pero eso ya es cosa aparte.

Antonio Tabucchi, Réquiem, Anagrama, Colección Compactos, 2010.

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Acerca de Borchácalas

Borchacaleo en los sueños ajenos hasta cansarlos.

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Esta entrada fue publicada en junio 19, 2013 por en Novela, Reseñas y etiquetada con , .

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