Vorágine

De leer y otras fábulas

Claude Monet - Leyendo

Claude Monet – Leyendo

Siempre hubo libros en mi casa. Desde que nací, y hay videos para comprobarlo, todos en mi familia se dedicaban a leerme. Esto fue porque mis padres siempre creyeron que leer era muy importante, así que compraron grandes colecciones de cuentos infantiles. Teníamos de todo, desde una colección de antologías de ocho o diez tomos con literatura infantil y juvenil para todas las edades, hasta una colección completa de adaptaciones de cuentos clásicos con personajes de Disney. Si no era de ahí, también estaban las fábulas de Esopo o libros variados que llegábamos a comprar después de que ya todos los libros los habíamos leído y releído cientos de veces.

Recuerdo que mi mayor miedo cuando era niño era que jamás aprendería a leer y a escribir. Esto último tal vez un poco infundado, pues desde chico me dedicaba a intentar escribir notas en hojas de papel donde declaraba que tal o cual cosa era de mi propiedad o para describir uno de mis horribles dibujos, pero, ¿qué niño de tres años es racional?

Lo primero también resultó ser un simple miedo infantil que no sabe bien de qué va el mundo porque, aceptémoslo, nadie sabe nada a los cuatro o cinco años de edad. De hecho, resultó que, en mi grupo de preescolar, fui el primero en aprender a leer y escribir. Entonces fue feliz el ñoño interno que me acompañó desde la vez que pedí que me llevaran a la escuela porque mis hermanos iban y yo no –en realidad no tengo recuerdo alguno en el que yo me quedase en casa mientras mis hermanos iban a clases. Para mí, la vida siempre ha sido ir a clases o despertarse y tener que ir a algún lado, pero eso no es lo que quiero contar aquí–.

Si de niño hubiera sabido qué significaba aprender a leer y a escribir, tal vez no hubiese estado tan ansioso por hacerlo. De creer que conseguiría ser más inteligente, sólo comprobé que había mucho que no sabía; de buscar entretenimiento en los libros, vi que la intranquilidad me invadía muchas veces; de creer que la gente fuera de mi familia me admiraría por lo bien y tanto que leía, encontré mofa. Los niños normales no leen.

Tal vez desde pequeño me compré la idea romántica sobre la lectura. Sobre ese mito de que leer que hace más inteligente y más sabio. Pero en realidad, la lectura no tiene ese poder. Y de esto no sé cuando me di cuenta. Tal vez fue cuando me topé con libros que no entendí o con libros que me aburrieron o libros que simplemente no les encontré sentido alguno. En esta vorágine –¡miren, usé el nombre nuevo!– de libros, he aprendido dos cosas bien importantes: leer no significa nada y no te va a hacer mejor persona.

Lo que nunca nadie nos dijo es que los libros y las lecturas las hicieron personas comunes y corrientes, que son ideas que no son infalibles sino cuestionables. Las historias y argumentos que vienen en las páginas de cada libro vienen de la cabeza de alguien –a veces– que supo ponerlas en papel. Pero eso no las hace superiores a otras ideas, incluso las propias. Lo escrito muchas veces no debe ser otra cosa más que una guía para conocer cómo piensan los demás, las ideologías, las historias. Aquél que se toma un texto como dogma diciendo que es superior por conocerlo de memoria está yendo en contra de lo mismo que está planteando.

La lectura no te hace mejor persona y muy pocas veces está hecha para sosegar: normalmente los que escriben lo hacen porque un sentimiento que no los deja descansar los mueve a escribir aquello que los atormenta. Y nosotros, los que los leemos, absorbemos algo de ello. Pero eso no debe detenernos. A veces uno lee por el placer masoquista de sufrir con una historia, de sentirnos incómodos con la realidad, identificarnos con la historia que el autor nos pone frente o simplemente para perder un poco de tiempo mientras esperas al muchacho o muchacha que no conoce el concepto de puntualidad.

Leer es una vorágine –¡Otra vez! ¡Estamos con todo!– de ideas, sentimientos, experiencias. Es un acto humano que, como todo acto humano, está sujeto a su elección e interpretación individual. Uno decide qué lee, cómo lee y para qué lee; decide cómo interpreta, cómo absorbe, cómo empalma; decide si cuestiona o toma dogmáticamente el texto, si hace paralelos con la vida o hace del texto su vida.

No hay una sola forma de leer ni una receta mágica. Uno sólo toma el texto y espera que lo mejor pase con él. Si no, siempre se puede iniciar un blog para despotricar contra ellos.

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Acerca de Borchácalas

Borchacaleo en los sueños ajenos hasta cansarlos.

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Esta entrada fue publicada en septiembre 3, 2013 por en Cosas extrañas, Sobre libros y otras fantasías y etiquetada con , .

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