Vorágine

Elegía

A diferencia del personaje principal de Elegía, nunca me he visto enfrentado a la muerte. Para mí no es otra cosa que una idea, un estado al cual transitamos. Vivir es tener el potencial de hacer algo, morir es perder esa habilidad.

Miento, me he enfrentado con la muerte, pero en otros términos. Sólo tengo un abuelo y un tío muertos con quienes no era muy cercano. Sí, en mi familia hay más muertos, pero nunca he sido cercano con la familia extendida y no se ha muerto nadie de los que tal vez podría acongojarme. Nunca he sufrido la muerte de un ser querido o de un amigo; sólo conocidos de conocidos. Las mascotas que se me murieron las sufrí, pero no es lo mismo: peces, tortugas, un hámster; ni las perras se nos murieron en casa, las regalamos antes que eso pasara.

Elegía

Portada original de la primera edición en inglés

Mi contacto con la muerte, como muchas cosas en mi vida tal vez, ha sido por simple concepto. Jugar con la idea de la muerte, de las consecuencias que tendría la muerte propia en la vida de los demás o la de los demás en la propia. ¿Qué sería de ellos o de mí? Es una acción tajante y única que separa dos estados: existencia e inexistencia. Escapar de algún lugar y no volver a ver a nadie de los que conocemos es una forma de muerte, la desaparición súbita. Uno deja de tener injerencia en las acciones de otros, de ser influyente, de conocer los pensamientos y se deslinda: deja todo suspendido para no retomarlo jamás.

Pero esto no es más que pura especulación. Jamás he estado próximo a morir, a diferencia del personaje de la novela, quien de niño, mientras esperaba una operación de hernia, vio morir en el hospital a su compañero de cuarto. Poco sabía él que en la vejez tendría que experimentar varias veces la misma sensación que tuvo aquella noche, mucho menos después de crecer como un adulto fuerte y saludable.

Cuando uno se vuelve frágil de salud, la muerte se vuelve una compañera que no deja jamás de seguirnos, de recordarnos que ahí está, de lo perecederos que somos. Y eso le pasa a nuestro personaje. A lo largo de su vida va encontrándose poco a poco con la muerte, figurada o real: gente viva que desaparece y lo deja para siempre, amadas y amantes de quienes debe separarse para no volver a formar nunca parte de su vida, amigos y familiares que mueren. ¿Qué tanto de lo que forma en nuestra existencia se queda suspendido, sin resolver, muerto?

Morir no siempre es algo rápido, sino se va construyendo junto con la vida. Esta novela no es la historia de vida de un hombre, sino la historia de un hombre con la muerte, con la fragilidad de las cosas y la impotencia de no poder cambiar lo que sucede. «No se puede rehacer la realidad […] Tómala como viene. No cedas terreno y tómala como viene», nos dice este hombre que ahora se enfrenta a su propia flaqueza.

El título original de la novela es, sin duda alguna, mucho más fuerte: Everyman. A cualquiera y a todos nos pasará, de un modo u otro, lo que el personaje sufre: culpas, errores, decadencia y, finalmente, la muerte. Es inevitable. En algún momento todos dejaremos algo suspendido y sin terminar; habrá gente que nos sobreviva y gente a la que sobreviviremos. Sabremos qué será de nosotros sin la presencia de los padres o los hermanos e ignoramos qué sucederá con aquellos que todavía vivirán después de que nosotros caemos.

Lo que sucede entre nuestro nacimiento y muerte es lo que pasa en esta novela. No más y no menos.

Phillip Roth, Elegía, DeBolsillo, 2006.

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Acerca de Borchácalas

Borchacaleo en los sueños ajenos hasta cansarlos.

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Esta entrada fue publicada en septiembre 23, 2013 por en Novela, Reseñas y etiquetada con .

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