Vorágine

Motivaciones

Dicen que hay tantas formas de leer como hay lectores. No sabría con exactitud qué opinar al respecto, pero tengo la sospecha que se refiere exactamente a eso: las formas, mas no las razones.

La diferencia no debe ser muy difícil de ver: hay quienes gustan de rayar los libros –confieso que se me incitó a esta manía y que ahora también los rayo a pesar de antes ser un férreo partidario de “la integridad del libro”–, existen quienes no pueden leer en tal lugar, otros prefieren leer sólo en cierto espacio o situación y a otros no les importa nada mientras haya espacio para sacar el libro –si el metro a hora pico lo permite, puede leer incluso con el paraguas del vecino en la costilla y la axila del gordo en la oreja–. Pero la elección de leer no varía tanto.

Canónigo leyendo de Enrique Simonet (1889)

Canónigo leyendo de Enrique Simonet (1889)

El otro día en alguna reunión surgió la discusión sobre el porqué de leer. Se sostenían dos posturas: la gente que leía para encontrar crecimiento y la gente que leía por mero entretenimiento. Yo agregaré ahora una tercera que funge un poco como el punto medio: el que lee para distraerse de su mundo y la realidad porque estos le agobian en grandes cantidades.

La primera no tiene mucho caso explicarla ya que es el lector que lee porque sabe que en los libros va a encontrar información que le va a mover algo, lo va a cambiar y que no será el mismo después de terminar la lectura. Claro, cómo lo maneja cada quien es distinto. Nunca falta el falso farol que lee sin entender nada, pero que se aprendió pasajes del libro y que quiere hacerse el más inteligente –y la mayor parte de las veces lo cree en verdad– que los demás. Y ahí va por el mundo, sintiéndose superior porque leyó a Nietzsche sin haber entendido que no somos nada. Es buscar información para tomarla, asimilarla y hacerla propia; una lectura por la búsqueda del conocimiento. Cómo la usa cada quien, repito, es distinto.

El segundo fue el que causó cierto revuelo en aquella conversación, pues todo partió del malentendido que el lector por entretenimiento no tiene crecimiento alguno al leer. Yo opino que esto es falso. Si bien el lector que consume libros porque los prefiere a las telenovelas, pero que los consume del mismo modo –le interesa saber que pasa y en que resuelve, pero no repara en los detalles o matices ni recupera frases ni hace un esfuerzo mayor para leer entrelineas–. Sin embargo, no por esto significa que el lector se queda en blanco cuando termina un libro. Tal vez esa es la virtud de la lectura: incluso si no buscamos nada con mayores pretensiones, algo de lo que leímos se nos queda y nos cambia, cuando menos, de modos sutiles.

El tercero es una mezcla de los dos anteriores y es la que he encontrado en muchas personas que no saben hacer otra cosa más que leer: leen porque el mundo que los rodea está lleno de pesares, incluso la vida propia está plagada de problemas que muchas veces parecen irresolubles y que nadie podría comprenderlos. Es un poco como ser adolescente perpetuo, pero con libros como compañía en vez de la amiga al otro lado de la línea telefónica –o del whatsapp ahora en estos tiempos modernos–. No son pocos los que he encontrado así y yo me incluyo en el grupo. Uno lee por distracción, porque necesita entretenerse en algo y huir un poco de las abrumantes situaciones que se le presentan; para olvidarse de donde está uno parado en el momento y buscar un eco a aquello que nos inquieta. Encontrar en un libro aquellas situaciones que hemos sufrido siempre nos hace sonreír y sentir cierta complicidad con el autor o el libro mismo, se le toma cariño al saber que no somos los únicos que pensamos tal o cual cosa, que a alguien más también le fue mal al intentar algo arriesgado o por no tomar a tiempo la decisión tan importante. Se lee un poco por entretenimiento, un poco porque sabe uno que se sentirá mejor al terminar o que de menos tendrá cierto grado de catarsis.

Las campañas de fomento a la lectura me parecen graciosas a ratos. Normalmente quiere manejar alguna de las tres posturas. Lee porque es divertido, lee porque te hace más inteligente y mejor persona, lee porque es un escape a otros mundos fantásticos –no dicen que muchos libros sólo acentúan la realidad–. Intentan darnos razones o motivos para leer: modelos a seguir, promesas de grandilocuencia o mucha diversión; pero lo que no han entendido es que el impulso que lleva a cada persona a levantar un libro, a leer un cuento o entrar a una librería no se puede inculcar porque son decisiones propias. Se puede incitar tal vez, pero, como toda actividad humana, no puede forzarse a nadie. La libertad de escoger si uno lee o no está en cada uno pues cada quien encuentra sus razones para hacerlo o no.

Supongo que lo que quiero decir es que no hay un motivo más válido que otro. ¿Podríamos cuestionar a alguien por leer por el simple hecho de buscar conocimiento? ¿Es menos digna la lectura si la busco sólo para entretenerme un rato? ¿Qué tan bueno puede ser desapegarse de la realidad? Y, como en todo, hay matices: los motivos cambian dependiendo del texto y los ánimos de la persona. Así menos puedo uno juzgar los trasfondos de la lectura.

Lo que sí sé es que leer a mí me ha cambiado. Muchas veces el buen libro no es aquél que mejor escrito está ni el que tiene la historia más original, sino el que te mueve algo al cerrarlo; el estéril es el que, a pesar de todo, no dejó nada en uno.

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Acerca de Borchácalas

Borchacaleo en los sueños ajenos hasta cansarlos.

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Esta entrada fue publicada en octubre 15, 2013 por en Cosas extrañas, Sobre libros y otras fantasías y etiquetada con , .

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