Vorágine

Diario de un mal año

Si hace dos años alguien me hubiese dicho que yo terminaría rayando mis libros, lo hubiese creído un disparate. También si me hubiesen aseverado que leería casi íntegra una novela en trayectos del metro. Pero las cosas cambian mucho de un año a otro – y no se diga en dos–. Tanto que, para leer Diario de un mal año, hice ambas. Pero la gente cambia, evoluciona. Cuando uno empieza a abrirse un poco, sea de manera consciente o no, sea por escuchar a alguien o desafiarnos a nosotros mismos, nos sorprendemos con lo que podemos llegar a hacer.

Coetzee, en este libro que no podemos clasificar del todo como una novela ni como una antología de ensayos, hace lo que cualquier hombre soltero en su sano juicio haría al encontrarse a una fogosa muchacha morena lavando ropa en un corto y entallado vestido rojo: buscar entablar relación –la que sea– con ella. Para ello le pide que mecanografíe, sin saber si es capaz de llevar esa tarea a cabo, las disertaciones que ha grabado el escritor para el libro de ensayos políticos que le han pedido en una editorial alemana. Sin saberlo, el señor C quedará prendido de Anya y la vida de ambos se verá transformada, aunque no sin interferencia de Alan, la pareja de ella.

Imagínense a Joan transcribiendo sus textos a máquina.

Imagínense a Joan transcribiendo sus textos a máquina.

Hay muchas cosas que podría decir de este librito que ha sido el que más he rayado en toda mi vida. Y es que resulta que me incitó a discutir con él en las tres partes en las que viene dividido: los ensayos de él, su diario y la perspectiva de ella. No fue simplemente azar, sino que la manera de hilar tres discursos distintos y que se complementasen de la manera en que lo hace no es de desdeñarse.

¿Qué hay en este libro además de opiniones variopintas sobre lo que aqueja en el mundo? Conflicto. No sólo por las posturas, sino por lo que incita a Anya a pensar y cuestionar. En realidad podríamos decir que es una gran metáfora del individuo entre el idealismo y el pragmatismo representado por los tres personajes, pero mejor no meternos en cuestiones tan elevadas y mejor diré que se trata de un lío por una mujer.

Ya dije antes que Anya es una voluptuosa mujer que usa vestidos cortos, que el narrador un anciano que ya no puede escribir bien, pero no he dicho que existe el novio exitoso de Anya, el tipo que maneja acciones en las bolsas de valores y que, sin ir más lejos, se trata de uno de esos especuladores que si no los odian, deberían hacerlo. Entonces pasa lo de siempre cuando un hombre viejo e idealista se enamora de la muchachita que tiene por novio a un imbécil: batalla silenciosa entre los dos hombres que sólo termina cuando ella se decide por alguno de los dos de una u otra manera. Una mujer que está entre el hombre con quien se divierte y le satisface todas sus necesidades a cambio de no cuestionarlo y el que sólo le ofrece un poco de compañía e ideas vagas sin pedirle nada. Bueno, tal vez pueda estar exagerando un poco, tal vez no.

Pero la cuestión sí está ahí. ¿Qué tiene que ofrecer el narrador, un viejo cuya época dorada ha quedado atrás y ahora sólo le quedan los últimos años de vida contra un joven promesa que está rodeado de riqueza? Parece ser que no mucho, sin embargo, Anya algo toma sin saberlo y sin querer también da algo al narrador, al mismo Coetzee, y es en ese momento en el que los dos se transforman sin saberlo.

Y uno no puede sino seguir leyendo y anotando en el metro, absorto entre disertaciones sobre el mundo, la política y la sociedad, y los pequeños enredos, altercados y discusiones que tienen entre los personajes. No nos queda de otra que involucrarnos con las opiniones de Coetzee, ser cómplices de su amor supuestamente secreto y testigos de la evolución de Anya. No tenemos más remedio que aborrecer a Alan y cuestionarlo como Anya aprende a hacerlo. No hay de otra.

El resultado de leer esta novela-ensayo fue que descubrí que no había antes rayado tanto un libro –al menos en proporción, porque en volumen siempre ganará El libro del desasosiego– resaltando frases que me gustaban, comentando pasajes y discutiendo con el autor; que es un libro que te atrapa y te enreda, te lleva del enojo a la euforia a la decepción y a querer derrocar el salvaje sistema en el que vivimos; pero que también nos lleva a pensar en lo sutil, en que lo importante a veces no es pensar y tener opiniones duras, sino a opinar sobre lo que se siente.

J. M. Coetzee, Diario de un mal año, DeBolsillo, 2009.

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Borchacaleo en los sueños ajenos hasta cansarlos.

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Esta entrada fue publicada en noviembre 5, 2013 por en Cosas extrañas, Ensayo, Novela y etiquetada con , , .

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