Vorágine

Se me vienen encima

El otro día, por azares del destino, conocí por primera vez la Biblioteca México. En la agenda había varias charlas y talleres, además de un recorrido guiado por la recién fundada Ciudad de los Libros –que en realidad es un eufemismo para decir: “nos dieron presupuesto para renovar la biblioteca, así que nos hicimos de varias librerías de escritores mexicanos para que vean las colecciones–. La biblioteca está bien. Es un bonito mausoleo de libros, pero hoy no hablaré de ella, sino de su librería.

Resulta que, entre pláticas y talleres, tuvimos un espacio de unos cuarenta minutos libres para recorrer las instalaciones por nuestra cuenta, o simplemente vagar por donde quisiéramos. Así que yo me dispuse a ver qué más había en el lugar y, para mi poca sorpresa, encontré una de esas librerías Educal –que están en todos lados– llamada Alejandro Rossi.

Entré por curiosidad para ver qué tenían y si podía sacrificar un poco del dinero que no tengo para comprar un libro que me será imposible leer en el futuro cercano.

La librería en sí está muy bien, muy linda, brillante y luminosa. Se nota que el arquitecto le puso entusiasmo porque es bonita. Tiene dos partes, la sección infantil y la general, unos grandes ventanales, duela, espejos, un par de mesas de novedades y dos largos pasillos con dos altos estantes (uno por sección). Muy altos. Estúpidamente altos. Tan altos que se necesita una escalera para ver que hay. Y no me refiero a una pequeña escalera para alcanzar los estantes más altos, sino una de esas que fácilmente podrías usar para entrar a un segundo piso de una casa.

Estuve unos cinco minutos en el lugar antes de sentirme agobiado por tanto libro que nunca pude identificar: estaban muy lejos de mi alcance. Era imposible salir de ahí con un libro que no fuese una novedad, y estoy seguro de que dos minutos más en esa librería hubiesen significado que la pared de libros que se erigía se colapsara sobre de mí. No pude más con la intimidación y salí sin tener ni la más remota idea de qué libros había.

Libros vomitados

Por poco me sentí bajo de ese torrente de libros

¿Por qué hacen eso? Claro, a mí no me tocaron las viejas librerías de estantería cerrada en la que le preguntabas al librero que había y él te traía lo que pedías. Yo estoy acostumbrado a moverme libremente entre los libros y manosearlos (esta nueva moda de forrarlos en plastiquito para que no se maltraten me fastidia) y saber de qué van. Pero en la librería Alejandro Rossi es imposible hacer eso. Es más, la librería en sí intimida porque uno sólo ve una sólida e inalcanzable pared de libros. No puedo imaginarme a nadie entrando a esa librería y saliendo con ánimos de leer.

Pero me imagino que debe ser peor para quienes no están acostumbrados a ir a las librerías y comprar libros. Me imagino que alguien que apenas ha ido por primera vez a la biblioteca y cae por error en esta librería se sentirá más alejado de los libros que inspirado. Y no lo juzgaría, apenas si se puede ver qué hay más allá de tercer estante. Luego me pongo a pensar en qué estarían pensando cuando decidieron que así fuera, si creían que con eso fomentarían la lectura o conseguirían que la gente comprase más libros o simplemente justificar una librería más que se viera bonita en la biblioteca y en las estadísticas de Conaculta. Yo qué sé, si era la intención inspirar, creo que fallaron de la manera más terrible que puede hacerlo una librería.

Lo que me consuela y da un poco de esperanzas es que afuera de la biblioteca están los vendedores ambulantes de libros y sospecho que ellos hacen mejor labor de fomento a la lectura que la bonita e inaccesible librería Alejandro Rossi.

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Acerca de Borchácalas

Borchacaleo en los sueños ajenos hasta cansarlos.

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Esta entrada fue publicada en noviembre 26, 2013 por en Cosas extrañas, Sobre libros y otras fantasías y etiquetada con , .

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