Vorágine

Mi yo del pasado me habla desde un libro viejo

25 febrero 2014 | Andrés Alba

Durante toda una vida de lector no fui capaz de subrayar o anotar sobre las páginas de mis libros. No es hasta ahora, que me han enseñado a tener una relación más cálida con ellos, que encuentro en esta práctica un placer especial.  Antes, cuando encontraba algún fragmento interesante, hermoso, o que me parecía digno de recordar, recortaba un pedazo de papel, anotaba en él la página a la que pertenecía el texto y una especie de título y palabra clave para recordar de qué iba. Luego dejaba ese papelito en la página seleccionada y continuaba mi lectura. Como resultado, tengo un montón de libros infestados por papeles  blancos, que me hacen pensar en capullos de polillas a la espera de eclosionar y levantar el vuelo.

Estos días me he visto obligado a guardar todos mis libros en cajas, así que me he pasado largo rato revisando los volúmenes que he coleccionado con el tiempo. Cada uno me recuerda a quien era antes, cuando decidí leer ese libro por encima de todos los demás, pero ninguno lo hizo más explícitamente que uno llamado El legado de Humboldt, de Saul Bellow.

 Aquel libro es hasta el momento el que más me ha desafiado como lector. Llegué a él tras mi etapa de emoción por Faulkner, pues cuando investigaba algo sobre él encontraba inevitablemente alguna referencia o alusión a Bellow, así que sin pensármelo dos veces busqué una de sus novelas. En aquellos días lo único que hacía era leer (literalmente), así que me daba el lujo de elegir los libros más gruesos y les dedicaba tardes enteras. El legado de Humboldt fue el favorecido, y durante muchos meses intenté descifrarlo. Si bien la trama es bastante clara, las reflexiones introspectivas del personaje principal me parecían oscuras y pesadas. Ahora pienso que no estaba listo para aquel libro que me confundía como lo hace un texto sagrado, de esos que aunque no se entienda nada, se intuye un secreto profundo entre las letras. Terminé el libro y lo olvidé. Al menos hasta hace un par de días.

Tras encontrarlo lo hojeé rápidamente y descubrí que estaba lleno de papelitos con anotaciones. Creo que ninguno de mis otros libros tiene antas como este. Tal vez debía volver a mi actividad de empacar libros, pero en vez de eso me senté a revisar esas notas, de las que he de admitir ya no recordaba nada. Una tras otra no sólo encontré interesantes fragmentos en el texto, sino que entablé una conversación conmigo mismo, con una versión de mi ser más joven.

Mi yo del pasado iba señalando fragmentos del texto que revelaban parte de mi mismo, de aquello que me había fascinado o parecido importante, de las inquietudes y revelaciones juveniles  que ahora me parecieron todavía más especiales. Algunas me impactaron, otras me confundieron, unas cuantas más, me queda claro, ya no tienen que ver conmigo. Pero al mismo tiempo, esas partes señaladas de un texto críptico son parte de mí. ¿Estas lecturas me forjaron en el lector que soy hoy en día? No pude evitar preguntármelo. Creo que así es. Los libros nos hablan de todos los tiempos.

Ahora me pregunto qué cosas me dirán los pasajes que ahora subrayo, puede que como en esta ocasión le den una que otra sorpresa al que seré en el futuro. Y ya con mucha suerte, mis versiones de todos los tiempos entablarán una gran conversación gracias y por medio de los libros.

Pero mientras llega ese momento, les dejo la transcripción de uno de los pasajes señalados. Ese que me sonó a epifanía después de más de siete años.

El fragmento en cuestión.

El fragmento en cuestión.

“Algunas personas aceptan sus dones con gratitud. Otros no saben qué hacer con ellos y no piensan más que en superar sus debilidades.  Sólo sus defectos les interesan y los motivan. Por esto, las personas que odian a la gente muchas veces la buscan. Muchos misántropos practican la psiquiatría. Los tímidos se convierten en actores. Los ladrones innatos intentan conseguir posiciones de confianza. Los temerosos llevan a cabo hazañas atrevidas. Tomemos el caso de Stronson, un hombre que se lanzó a proyectos desesperados para estafar a los gánsteres. O tomemos mi propio caso, un amante de la belleza que insistía vivir en Chicago. O el de Humboldt Fleisher, un hombre de poderosos instintos sociales enterrándose en el solitario campo”.

Saul Bellow, El legado de Humbold, De Bolsillo, 2006.

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