Vorágine

De presentaciones y otros (anodinos) menesteres

11 marzo 2014 | Andrés Borchácalas

Llego temprano, demasiado temprano. Cuarenta minutos antes de la hora citada. Yo no sé por qué lo hago, pero me gusta estar antes de tiempo, por si acaso y para conseguir buen lugar. Pero sé bien que nunca van a faltar lugares y nunca van a empezar a la hora. Disfruto hacer castillos en el viento.

Cuando empieza, unos diez, quince minutos después de lo anunciado, ya habemos varios asistentes: una pareja de intelectuales, un señor viejo y solo, una pareja de adultos mayores, una triada de amigas que rondan los cincuenta años y a veces, si hay suerte, alguna muchachita guapa que juega con el celular. Llegan los expositores: el autor primero, acompañado del editor que se queda a veces en la primera fila, a veces en la mesa para moderar; algún amigo del primero y un completo desconocido que escogió el segundo.

Ya todos sabemos como va a ser la presentación y nunca nos quejamos. El primero en hablar siempre será el más tardado, o tal vez parezca así porque su plática será soporífera, llena de citas del libro y un análisis crítico y comparativo con otro autor reconocido sin vela en el entierro. Llevará su ejemplar lleno de banderitas de colores y notas en papelitos que sobresalen de las páginas, además de sus tres o cuatro cuartillas de ponencia. Hay incluso algunos que leerán directo de ella, intercalando texto suyo con el del autor y algún comentario que le parezca pertinente e inteligente, pero que más bien resultará tediosa o impenetrable para los asistentes. Muchos de ellos ya estarán dormidos o distraídos por sus teléfonos. La pareja de intelectuales fingirán que ponen mucha atención, pero realmente están pensando en qué dirán como agregado al final del evento en la sesión de preguntas y comentarios.

Después hablará el chistoso, que no desperdiciará la oportunidad para decir que su participación no será tan larga o elaborada (risas del público) y que más bien querrá hablar de su experiencia. Empezará con una anécdota que nada tiene que ver con el libro y que tiende a ser autobiográfica. Explicará luego cómo se relaciona esa experiencia, evocada por un pasaje del libro, con el autor, que a veces es un gran amigo, a veces sólo un conocido y, en muchas ocasiones, lo acaba de conocer diez minutos antes de sentarse a la mesa. Empezará a disertar lo bueno que es, qué tan bien retrata la realidad y cómo es una gran crítica de [inserte aquí el tema que el expositor creyó del qué hablaba el libro], enalteciéndolo como si fuese la nueva biblia que cambiará y revolucionará el mundo, aunque tal vez sólo adorne nuestro librero porque nunca llegamos a leerlo.

Cuando termina, por fin se le pasa el micrófono al autor, si es que no tiene uno propio, y este, indudablemente fallará, lo que llevará a todos los expositores de la mesa a sacar su gran conocimiento en audio diciendo “¿está prendido? ¿No hay otro micrófono? Ten, usa el mío”. El susodicho apagará y luego volverá a prender el micrófono, terminando el importantísimo ritual expresando un “¿Ya se escucha?” que el público aceptará como ofrecimiento y para agradecer contestará un modesto “Sí”. De no ser así, el viejito que asiste solo, se encargará de recordarles este ritual con un sutil “¡No se escucha!” desde la cuarta o quinta fila, allá en uno de sus extremos.

Finalmente el autor comenzará su ponencia explicando que la lectura de sus compañeros fue excelente y rica, profunda incluso, y esto debe leerse como un sutil “¿Qué demonios leyeron ustedes? ¿No me equivoqué de presentación?”. Confundido entre tanta marabunta y plática ajena a su texto, el escritor intentará explicar qué quería hacer cuando escribió su texto. Dependiendo de la personalidad del autor, será muy humilde respecto al texto, casi disculpándose por no poder hacer una mejor obra o que no entiende qué le vio el editor, o tirará albricias a su propia persona, diciendo lo grandioso que fue escribirlo, qué maravilloso es su proceso, lo sublimes que fueron sus intenciones y el pesar que le costó escribirlo. Es más fácil encontrar estos últimos que los primeros, aunque ambos hará un par de bromas que harán reír al público incauto, como para hacer sentir en familia.

Finalmente, el moderador u organizador le dará la palabra al público, de los cuales nunca faltarán los siguientes.

Expositor pidiendo a algún estudiante que deje de exponer

Expositor pidiendo a algún estudiante que deje de exponer

Primero hablará el estudiante o intelectual, que, como es tan inteligente, no perderá la oportunidad para dar su propia ponencia sobre el libro, aunque no lo haya leído y a nadie le interese. La pregunta brillará por su ausencia, a diferencia del asistente, que desearíamos no brillara nada.

La mesa entonces asentirá, dará una respuesta para salir del paso y, las más cínicas, simplemente preguntarán si hay más participaciones. Es aquí cuando una de las señoras se levanta, anteponiendo su título a su nombre (“Mi nombre es María y soy [ama de casa/burócrata/contadora/ secretaria/etcétera]”) para hablar de lo mucho que ha afectado su vida la obra del autor, que sin él no puede vivir, y que desearía que el mundo los viera juntos por el resto de la eternidad. Está muy bien, todo mundo tiene derecho de tirar el calzón como mejor le acomode.

El autor, tímidamente dará las gracias, pues sabe que no puede darle muchas alas so pena de verse enrollado al final de la presentación en una larga y tediosa plática con la susodicha.

Finalmente, vendrá el señor que se ha sentado en la tercera, cuarta o quinta fila, al extremo de ella, quien también antepondrá su título, para darse un poco de crédito (“Mi nombre es Arcadio y fui profesor/asistente de [inserte una personalidad de renombre]/funcionario público/trabajador del estado/etcétera] y sólo quería comentar…), pero no antes de repetir la faramalla del micrófono. Aquí es cuando empieza una cátedra política a la vieja usanza del PRI, donde no sabemos si estamos escuchando un discurso político, una intervención como la del intelectual o una cátedra moralista roja. Después de hablarnos de lo mal que está la sociedad, lo perdidos que están los jóvenes, los vicios que acechan a la población, lo terrible del capitalismo y la añoranza del viejo esplendor de los tiempos dorados, dará, con gran respeto, las gracias sin haber hecho pregunta alguna.

El auditorio se sentirá incómodo, pero no dirá nada, pues saben que éste es el momento en el que la mesa cierra la presentación para pasar a la tradicional firma de libros y, si tenemos fortuna, al vino de honor posterior.

Mientras tanto, los demás incautos nos quedamos con la duda de porqué tenemos que leer este libro. De la presentación entendí que da para estudio, que da para presentación, que costó trabajo escribirlo, que hay señoras fogosas que sueñan con el autor y que hay opiniones encontradas respecto al tema, pero ni la menor idea de qué es lo que el libro me ofrece. Veo siempre la “larga” fila de personas que esperan a que les firmen su ejemplar, que tampoco saben por qué compraron, pero que se verá lindo en el librero y podrán presumir, y me marcho sin haber siquiera considerado hojear el libro, preguntándome si la muchachita linda que se fue a la mitad de la presentación hubiese querido hablar de otras cosas con un café de por medio.

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Acerca de Borchácalas

Borchacaleo en los sueños ajenos hasta cansarlos.

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Esta entrada fue publicada en marzo 11, 2014 por en Cosas extrañas, Curiosidades, Sobre libros y otras fantasías y etiquetada con , , , .

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