Vorágine

Leer en el metro

10 junio 2014 | Andrés Borchácalas

Multitud expectante. Acuarela de Eustaquio Carrasco

Multitud expectante. Acuarela de Eustaquio Carrasco

Bajo las escaleras y balanceo la mochila de mi espalda a mi frente para alcanzar el compartimento exterior mientras me sacudo las gotas de agua que quedaron en mi ropa. Saco la cartera sin regresar la mochila a su lugar y la presento, sin abrir, al aparato blanco que chilla antes de dejarme pasar a través de los torniquetes. Guardo la cartera, cierro la bolsa y ahora meto la mano en el cierre principal mientras bajo los dos eternos juegos de escaleras que me separan del andén. De ahí saco un paquete envuelto en un paliacate azul que contiene uno o dos libros. Escojo uno y envuelvo el otro nuevamente.

Me acomodo la mochila en el frente mientras espero que llegue el tren con el libro en una mano y un lápiz en la otra. Hace calor, como siempre lo hace en hora pico, e intento acercarme lo más posible a las vías. A veces es imposible, hay un tumulto de gente que empujará para obtener reducidos treinta centímetros cuadrados dentro del tren. Me distraigo con la lectura mientras escucho alguna plática anodina y genérica de dos compañeros de trabajo, de una pareja, de dos amigos. Qué más da, todos dicen lo mismo: se quejan de qué tan lleno está el metro y de cuánto se tardan los trenes en pasar. Ya deberían estar acostumbrados.

Mi trayecto, si bien me va, será de unos cuarenta o cincuenta minutos, pero hoy está lloviendo y no sólo la marcha de los trenes será lenta, sino que todo se convierte en una sauna. Probablemente tarde hora y media en llegar a casa. No me preocupo demasiado, podré leer un poco más de lo esperado. Echo un par de miradas al túnel entre página y página. Vacío. No se vislumbra todavía la luz al final.

Paso las páginas durante algunos minutos. Tras de mí puedo sentir a la gente acumularse y empujar ligeramente con su presencia. Si quisieran, podrían tirarme a las vías en cualquier momento con todo y libro. Sería mi culpa, para qué no pongo atención por estar leyendo. No me importa, regreso a las páginas para distraerme y en verdad ignorar el escándalo que algunos hombres tienen unos metros más allá en el andén.

Se anuncia finalmente el tren. Debo cerrar mi libro momentáneamente para contener las masas que se agolpan a mi espalda y no salir disparado al vacío del andén. Intento vislumbrar si hay alguien conocido entre la gente que está del otro lado de los vidrios que pasan cada vez más lento frente de mí. Nada. La marcha se detiene y se abren las puertas. Nadie sale y apenas podemos entrar pocas personas.

Logro acomodarme en el espacio que está entre los asientos y las puertas. Si hay un lugar estratégico para conseguir un lugar, es éste. Bajo la mochila y la pongo entre mis pies. Volteo a ver si en el vagón o en los asientos aledaños hay alguna muchacha que pueda distraerme de mi lectura. Nadie. En fin, no estaba tan aburrido el libro como otros días, así que no me importa demasiado. Las puertas tardan mucho en cerrarse y el tren otro tanto en resumir la marcha.

El calor empieza a aumentar y debo quitarme la camisa de franela para no morir asfixiado por el calor. Entre los tirones que da el metro en las curvas, el poco espacio que me rodea y la gente, es casi una hazaña malabarear ropa, mochila, libro y lápiz sin caerse del lugar. El secreto está en recargarse en los asientos para no tener que asirse a ningún tubo. Esto no evita que sienta unas cotas de sudor rodar por mi espalda e inmiscuirse entre mi ropa interior. La sensación me da escalofríos y pierdo momentáneamente la (poca) concentración que tenía.

Después de un rato encuentro una frase medianamente interesante y la marco con dos pequeños ángulos: uno al inicio y otro al final, como enmarcándola; luego rayo un asterisco en la esquina superior de la página. El tren se ha quedado varado a mitad del túnel. Se escuchan un par de quejas de quienes se sienten exasperados. Yo sigo intentando distraerme en las páginas para no concentrarme en la mezcla de olores ácidos de fritanga digerida y expulsada, sudor y humedad que han invadido súbitamente el vagón. No lo logro muy bien y tengo que releer el párrafo tres veces antes de entender de qué va.

El tren vuelve a moverse y ya terminé un capítulo. Me pareció bueno, así que lo señalo en el índice por si algún día quiero releerlo, pero lo dudo, nunca cargo dos veces con un libro que ya haya terminado. Las puertas se vuelven a abrir y la gente se comprime más. Una señora invade mi espacio y me observa como si fuera yo quien le ha quitado su lugar. Intenta hacer énfasis en su punto diciendo un seco “con permiso” que ni ella se cree que es amable. Si por ella fuera, me sacaba del tren pues seguramente ocupo más espacio con mis apenas cincuenta kilos que ella con sus dos bultos y cintura de ciento veinte centímetros. Me encaja el codo –mi codo– y ahora me cuesta más trabajo mantener el libro a la distancia correcta. Lo que es seguro es que ya no podré escribir nada en el margen.

Cabeceo un par de veces. Pasan varias estaciones más, dos transbordos que hago sin dejar de leer, subiendo escaleras con la vista fija en las letras, sorteando los pasillos, a veces sin poner mucha atención, a veces sin entender demasiado. Hoy no busco la mirada de muchachas guapas, el libro va bien, a diferencia de otras veces.

Llego a mi destino y he avanzado varios capítulos ya. Como había previsto, cincuenta minutos más de lo normal. No pareció tan largo. Afuera llueve un poco pero no guardo mi libro. No importa demasiado, no queda tan lejos la estación de mi casa.

Llego y boto el libro sobre mi cama. Sólo quiero olvidarme del viaje y quitarme la ropa sudada que se ha quedado impregnada de los olores humanos. Tal vez mañana lo vuelva a abrir en el camino al trabajo. Tal vez no. Todo depende de qué tan aburrido esté o si encuentro un lugar dónde sentarme a dormir.

Anuncios

Acerca de Borchácalas

Borchacaleo en los sueños ajenos hasta cansarlos.

Un comentario el “Leer en el metro

  1. Pingback: Lecturas excesivas | Vorágine

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Información

Esta entrada fue publicada en junio 10, 2014 por en Cosas extrañas, Sobre libros y otras fantasías y etiquetada con , , , .

Kampa

  • 8,286 Pinceladas
A %d blogueros les gusta esto: