Vorágine

De consejos y provocaciones: Escritos para desocupados de Vivian Abenshushan

22 julio 2014 | Post invitado: Nayeli Zárate

¿Qué consejo le daría usted a un joven entusiasta? Y si usted es un joven entusiasta, ¿qué consejo seguiría? Dicotomías: entre los chidos y los chatos no se llega nunca a una síntesis. ¿Pesimismo o entusiasmo? No sé, tampoco quisiera venir con sentencias lapidarias y borrar lo que no me gusta de un manotazo, como niña berrinchuda con corona de princesa a mitad de un grito y los cachetes llenos de helado. El punto es que, a lo mejor, hay que ir más allá de lo aparente, de las meras dicotomías. Podría ser que los chatos no son sólo chatos y que los chidos no son sólo chidos, ni que el mundo este divido en buenos y malos, pesimistas y entusiastas, aburridos y divertidos, pero me estoy perdiendo un poco, así que regreso.

Iglesia, Kandinsky

Iglesia, Kandinsky

El consejo que doy como una especie de joven entusiasta (tampoco soy la mayor partidaria del entusiasmo, aunque por momentos soy harto efervescente) a los otros jóvenes entusiastas es leer este libro que, entre los muchos reconocimientos que le haría, uno de los sobresalientes sería que se puede acceder a él de manera gratuita vía internet (olvídese de pedirle a sus amistades que le presten un ejemplar, las copias o incluso el archivo pdf que scribd no se molesta en compartir). Escritos para desocupados de Vivian Abenshushan es un libro-portal que se mueve en muchas coordenadas. El eje de este proyecto es escurridizo: el género ensayo. ¿Y cuál es el consejo que nos ofrece el “centauro de los géneros”? El mismo que ha seguido desde su origen: conócete a ti mismo, vieja enseñanza griega. ¡Qué lata dan estos intelectuales con sus definiciones, sus anticipaciones, profecías y defunciones! Que si el ensayo está más muerto que Dios o que si en realidad estamos presenciando su más hermosa metamorfosis, que si puede darnos respuestas o nos cierra todas las salidas, que si es la tarea más aburrida al terminar cada semestres, lo que alimenta a los egresados de las carreras de humanidades, artefacto escolástico y aburrido que hace fruncir el ceño a más de un punk de la vieja escuela… Acá sí tomo postura y digo: defendamos al ensayo. ¿Por qué? Porque es un género que permite errar, salir de los caminos trazados, bifurcarse, ir más allá de lo establecido. El problema del ensayo (en este mundo que reclama éxitos y triunfos) es que se trata de un género más bien ocioso.

El ensayo es experiencia y experimentación, nadie tiene el tiempo para improvisar nuevas maneras de llegar a la meta (llámese ascenso en el trabajo, televisión de 60 pulgadas, iPhone de oro), no es que al ensayo le interese ofrecer recompensas similares, es más bien una especie de sujeto rebelde, pero de extraña rebeldía (piense en Bartebly, pero mejor piense en The Dude, con chanclas y bermudas todo el día, inmerso en una vorágine de equívocos y porros bien forjados; mejor piense en quien prefiera). Se podría decir que el ensayo ni es chido ni es chato, es según se escriba o lea, según pueda dar y transmitir esas pequeñas verdades (las de cada uno); ni es tan entusiasta ni tan pesimista, pero dice a entusiastas y pesimistas: conócete a ti mismo. Y me contradigo: el ensayo es chido.

Vivian Abenshushan, Escritos para desocupados

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Esta entrada fue publicada en julio 22, 2014 por en Curiosidades, Ensayo, Reseñas y etiquetada con , .

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