Vorágine

Canción de Tumba

29 julio 2014 | Andrés Borchácalas

Quien diga que soy muy apegado a mi madre no se equivoca. De toda mi familia es con la única con la que realmente siento que puedo ser yo mismo y no sentirme juzgado. Me es fácil comentar lo que sea y tal vez sea una de las relaciones más entrañables que tenga en la vida. Sí, ya sé, muy edípico. Gracias, Freud, por el lugar común.

Tal vez fue por ello que Canción de tumba de Julián Herbert me causó un par de sentimientos encontrados. No puedo decir que me gustó, pero tampoco la odié. A ratos, estuve muy aburrido y no la dejé de leer a la mitad porque hacía menos tediosos los trayectos en el metro. Sin embargo, ahí había algo también que tampoco me permitía descartarlo del todo.

Es cosa muy personal: soy quisquilloso cuando el recurso del personaje alcohólico, drogadicto y mujeriego se usa. Me parece un tanto desgastado y, en la segunda parte, hay mucho de eso. Me chocó bastante. Sin embargo, después de terminar la novela, entendí cuál era su función. Ojo, no digo que me haya gustado, pero está bastante bien logrado para los fines de la narrativa. Funciona bien, pues.

El libro en cuestión

El libro en cuestión

¿Qué puedo decir de la novela que no hayan dicho ya muchas personas? Está premiada y yo me enteré de ella porque está en boga: todos hablan de ella y en el último Vive Libro más de dos personas regalaron la edición de Debolsillo. Yo me tardé unos dos meses y medio o tres en terminarla (lo cual, seguramente arruinó la unidad del texto, tampoco fue mi lectura la más agraciada para la primera mitad, he de admitir).

Pero tuvo algo que me movió bastante entre mis lecturas intermitentes y pasajes que no terminaban de gustarme o disgustarme: la relación madre-hijo, tal vez poco explotada para mi gusto (soy más sentimental y no soy particularmente afecto a las experimentaciones: tal vez soy más tradicional de lo que quiero admitir). Ese estire y afloje entre una moribunda y un escritor paria que, entre los tantos hijos de aquélla, es el único en regresar a cuidar de ella.

¿De qué va Canción de tumba? De la muerte de la madre del autor y su batalla con el cáncer. Podría decir que también es sobre el ciclo de la vida: uno muere y otro nace, una vida reemplaza a otra, llena un vacío (uy, qué motivacional). Y es esto lo que realmente me llegó. No el nacimiento del hijo, sino el estoicismo con el que el hijo apestado, el perro rabioso, el que parece ser el rechazado, se encuentra todo el tiempo junto al lecho de la agonizante prostituta que fue su madre y el recuento de los momentos importantes junto a ella. Tal es el desgaste, que el mismo hijo, sin decírnoslos directamente, sufre al punto de caer enfermo y delirar de fiebre, compartiendo la enfermedad con su madre, llevándolos a la tan esperada reconciliación de ambos.

Terminarlo me sacó un nudo en la garganta. A pesar del tedio un poco pretencioso de ser un artista maldito (todos somos artistas malditos), me hizo pensar en lo que yo estaría dispuesto a hacer por mi propia madre si un día se encuentra atacada por el cáncer, con casi ninguna posibilidad de sobrevivir. Es esto lo que redime por completo la narrativa: lo que logra evocar en uno, esa sensación de desamparo en la cual logra hundirnos el final que nos hace desear tomar el teléfono para preguntarle a nuestra madre cómo se encuentra, y alegrarnos un poco que no tenemos que esperar a la muerte para buscar una reconciliación, sino que ahí mismo se encuentra.

Canción de tumba no es una novela, es un homenaje y, por eso, vale la pena.

Julián Herbert, Canción de tumba, Literatura Mondadori, 2013.

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Acerca de Borchácalas

Borchacaleo en los sueños ajenos hasta cansarlos.

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Esta entrada fue publicada en julio 29, 2014 por en Novela, Reseñas y etiquetada con , , .

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