Vorágine

Compartir lecturas

19 agosto 2014 | Andrés Borchácalas

La veo pasear por el departamento como si fuese su propia casa y eso me vuelve loco, por decirlo de alguna manera. No una locura obsesiva en la que deseo controlar el espacio, sino una que me gusta, pues disfruto, tal vez demasiado, que se sienta lo suficientemente cómoda para estar a sus anchas entre las cosas que ahí hay. Pasar de la cocina a la sala, al comedor, servirse agua sin preguntar, pasar al baño sin que me dé cuenta, que parezca su casa y no la mía. La cotidianidad compartida.

Algo de íntimo hay en todo esto, pero el departamento, mi hogar, –antiguamente, el hogar, ahí donde se hacía el fuego (hoy sería la cocina), era el corazón de la casa, por eso se le llama así al lugar donde puedes sentir la verdadera calidez– aunque representativo de uno mismo –¿qué tanto te representa un lugar que apenas has habitado unas cuantas semanas?–, no lo es todo. Hay algo simbólico, sí, pero no es del todo certero. Que ella camine por mi piso es algo algo lindo, pero yo lo que desearía es que caminase por lo que realmente soy, no (únicamente) por donde vivo.

Y es por eso que me gusta que se detenga en el librero y la enorme pila de libros que no he podido ordenar todavía porque aún no tengo aquel librero que pedimos.

Ahí, sentados en los sillones, me gusta hablarle de libros, insertar algún comentario de algún autor mientras conversamos de cualquier cosa, de todo, de nada, sobre lecturas, música, buscar la intertextualidad. Y es en ese momento en el que me dan ganas de prestarle toda mi biblioteca, de hablarle de todos los tomos que me han movido de una u otra forma. Saco libros de poesía y le doy a leer pasajes; a veces resulta que tengo un libro que busca, a ratos resulta que tengo uno del que habla y no he leído.

Muchacha leyendo la prensa - Alfonso Albacete

Muchacha leyendo la prensa – Alfonso Albacete

Esto no sólo pasa ahí, en los sillones, con la tenue luz de la lámpara de piso, sino en todos lados. Hay cosas que compartir, libros que leer. Libros que me constituyen como persona porque de cierto modo cada libro, bueno o malo, nos convierten en distintas personas y leer lo que ella ha leído es de cierta manera entenderla, así como a mí me gustaría que me entendiese. Que la vena romántica que tengo ya estaba ahí antes de los libros, pero que las historias de Marsé las profundizaron, que Grossman me hizo catarsis, que Vila-Matas me dejó pensando, que consulto el I Ching para resolver mis problemas cotidianos, que mis preocupaciones y alivios se alimentan de las frases que subrayo en los libros, de los pasajes que leo dos, tres o hasta cuatro veces y se vuelven los favoritos. Todas esas ideas en las que uno se ve identificado y vuelve propias, o aquellas en las que un destello hace girar una idea que antes no existía y la añade a la vorágine que se revuelve en la cabeza. Compartir todo eso  y  lo intento resumir en unas cuantas tardes en los sillones de mi casa, mientras fumamos uno o dos cigarros y bebemos agua en la noche.

Eso es todo lo que uno pide, quiere y desea. Compartir esas minucias literarias que lo han conformado, porque es de lo único que puedo hablar durante horas sin aburrirme –aunque los demás lo encuentren tedioso, por algo trabajo en el ámbito editorial y no en la ingeniería–. ¿Qué importa lo demás? Uno decide justamente lo que es, y yo me defino por cómo leo las cosas, por cómo me dejo llevar por mis lecturas y cómo encajan en la realidad –aunque, siendo honestos, ¿qué demonios es la realidad?–, en esa cosa tangible que a veces me parece más fantasiosa que las páginas que dan vuelta entre mis manos (y que a su vez parece mentira que tanta información quepa en volúmenes tan pequeños, en planos dobles superpuestos los unos sobre los otros, uno tras otro en una secuencia especial; parece, de cierta forma, mágico).

Es justamente esto lo que quiero compartir con ella cuando se encuentra tan ligera entre mis cosas: darle a leer todo lo que de cierta forma me han hecho lo que soy ahora como aquél niño que saca de su cuarto todos sus juguetes para compartirlos con el inesperado visitante que lo ha deslumbrado; el niño que espera jugar con el invitado y tener pequeños momentos de felicidad. Es entonces cuando me nacen unas extrañas ganas de verla leer, de poner un libro entre sus manos y observarla consumir las letras del tomo que tiene enfrente, devorarlo a través de sus ojos, disfrutar de sus expresiones en silencio, de sus reacciones.

Y así pueden pasar varias horas, pláticas que no van a ningún lado porque no tienen por qué tener una dirección concreta, sino todo lo contario, ser palabras e ideas libres, que viajan poco a poco, alimentándose las unas de las otras, que van de libro en libro, de autor en autor, de película en película, de historia en historia, y de género en género, porque ya lo dijo tal autor en tal libro que fulanito tomó para su película que alguien comentó en tal situación que nos hizo recordar a tal o cual que se mezcló con este u otro autor.

La red compartida se vuelve infinita, en un mapa sobre el cual ambos conocemos una parte desconocida para el otro, con puntos en común, caminos distintos para llegar de A a B y conocer el proceso del otro y, por ende, su forma de ser en sí porque, ¿qué es uno sino la manera en que hilamos nuestras propias redes de conocer y ver el mundo?

La tarde pasa, la noche avanza, ella tiene que irse. No se va con las manos vacías, yo no puedo dejarla ir sin un libro nuevo en las manos, uno significativo, alguno que me haya movido en su momento, que me haya transformado, un punto de quiebre en la vida propia que transmitirle. Y así pasa, se va con algo mío en la bolsa, páginas que me ha formado. Es entonces cuando siento que camina, no por mi morada, sino por aquello que me representa, que pasea por mi verdadero hogar, entre las notas, entre las letras, entre mis subrayados. Ojalá en ellos pueda moverse con tanta naturalidad como lo hace entre mis muebles, y descargue sus pesares e ideas entre las páginas que habrán de deslizarse entre sus dedos y regresen a mí transformadas, renovadas, alegres de no haber tenido solamente un lector.

¿Y yo? Yo estaré satisfecho de saber que pude crear un punto en común, una experiencia compartida, que me haya podido darme a conocer a través de las palabras de otros y no las propias, que normalmente son torpes. Estaré contento porque aquello que me movió le habrá –espero siempre– cambiado la percepción a ella.

Anuncios

Acerca de Borchácalas

Borchacaleo en los sueños ajenos hasta cansarlos.

Un comentario el “Compartir lecturas

  1. esascosasdenada
    septiembre 11, 2014

    muy hermoso

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Información

Esta entrada fue publicada en agosto 19, 2014 por en Cosas extrañas, Sobre libros y otras fantasías y etiquetada con , , , , , .

Kampa

  • 8,286 Pinceladas
A %d blogueros les gusta esto: