Vorágine

Asesinato a mano desarmada

26 agosto 2014 | Post invitado: Samuel Segura

Si las hermanas Baladro hubieran tenido un poco más de fortuna, no habrían tenido la necesidad de matar. Y digo necesidad porque uno qué sabe si mañana tendrá o no que chingarse al otro. Porque uno se pregunta cuando las Baladro entierran el cuerpo recién muerto de una de sus empleadas, ¿qué orilla al prójimo a deshacerse del prójimo? Por la motivación que sea, aquello que nos empuje al asesinato habrá de ser un relámpago, una mecha encendida e inapagable, provocado por putas desobedientes, por negocios en el naufragio, por la venganza de un amor fallido.

De eso, se me hace, va Las muertas de Jorge Ibargüengoitia.

Conseguí un ejemplar un domingo en La Lagunilla, a treinta pesos, en su edición para Lecturas Mexicanas. No en el tianguis, sino sobre el eje 1 de la ciudad de México, donde se ponen varios puestos con ejemplares viejos cerca del mercado de ropa desde hace más de cincuenta años –según un puestero le dijo a un cliente que en mi presencia le preguntó desde hace cuánto se ponen, mi jefe–. Al principio el ejemplar se lo cedí a mi chava, pero la portada me llamó insistentemente la atención, como si fuera una mujer real que muriera de deseos por besarme. O por matarme, que para el caso puede significar lo mismo.

La portada en cuestión

La portada en cuestión

Así que lo tomé un día, por circunstancias de las que sólo vale mencionar que quería analizar cómo un caso de nota roja, periodístico, coyuntural en su momento, era abordado por la literatura. Por Jorge Ibargüengoitia, específicamente. Debo señalar, antes de que se piense que quiero creerme experto, que soy de esos miserables que han leído menos de lo que quisieran al autor nacido en Guanajuato, pero de los que reconoce, como casi a todos los que lo ha leído –ignoro quien denigre su escritura– su prosa tajante, humorística y sencilla, como bofetada sin guante blanco y para poner la otra mejilla y el culo, de ser necesario, para que te lo pateé.

La grandeza del relato, “basado en el sonado caso de Las Poquianchis” (o algo así dice la cuarta) se encumbra, me parece, en su franqueza y en la dura, durísima intención de limitarse a contar una historia y dejarse de pendejadas. Aquí no existe la paja. Aquí nada sobra ni falta. Es una historia redonda, como dicen los que teorizan sobre literatura. El autor abandona los prejuicios (que se enciman como moscas en la mierda sobre los criminales, en este caso de las hermanas Baladro, unas hijas de la chingada sin corazón, inmorales, pinches viejas dueñas de prostíbulos), no así los lugares comunes que usa a su favor y a su antojo para acercarle esta historia hasta el corazón y el alma del lector. Don Jorge, como se me apetece llamarle al autor porque es lo menos que puedo hacer por él, construye la historia como un thriller, como una crónica, como una novela, como un cuento inmenso, como todo lo que se nos antoje fundir, y nos sacude el gañote con esa vigorosa e inigualable –e inimitable aunque haya intentos fallidos por lograrlo– forma de narrar.

Si yo fuera maestro de periodismo, dejaría leer obligatoriamente este libro. Porque Las muertas me mostró una vertiente más en la que este oficio, el de la escritura, difícilmente conocerá las fronteras entre periodismo y literatura. Si bien al inicio de sus páginas hay una advertencia que previene al lector posible sobre la ficción de los personajes ubicados dentro de un escenario real, don Jorge da lecciones de cómo se tienen que abordar estos casos que comúnmente, y más ahora, son abordados por la prensa –o por los “grandes medios”– desde el escarnio. A ellos les vale madre la complejidad humana de los involucrados, más cuando el tema va de prostitutas muertas a mujeres asesinas. O al revés. Ibargüengoitia, totalmente al contrario, se aprovecha de la riqueza de sus personajes (blancos y negros, más bien grises, que se enamoran, se odian, tienen miedo, se ríen, tragan, cogen y que sobre todo matan determinados como por una varilla oxidada que les atraviesa la espalda por un contexto –no un destino– del que es imposible escapar), y los lleva al límite dentro de la condición humana, de situaciones inverosímiles que, sin embargo, alguna vez sucedieron.

La historia de dos hermanas que con tal de enriquecerse, y de salvarse el pellejo, se convirtieron en lo que ahora llamaríamos “feminicidas”.

Así que Las muertas sólo me hace pensar que qué chingona novela, que qué cabrón es don Jorge, que cuántos deberían seguir su ejemplo…

Y me orilla a leerlo, otra vez, aunque no sepa cuándo.

Jorge Ibargüengoitia, Las muertas

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Esta entrada fue publicada en agosto 26, 2014 por en Novela, Reseñas, Uncategorized y etiquetada con , , , , , .

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