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Cortázar y el problema del gusto

2 septiembre 2014 | Andrés Alba

Hace unos días se cumplieron cien años del nacimiento de Julio Cortázar, uno de los escritores más relevantes de la literatura latinoamericana. Si bien se daba para una especie de celebración, en lo que se refiere al mundo virtual (mundo del que ya no podemos despegarnos ni dejar de lado), la ocasión sirvió más para formar bandos en defensa y vituperio del autor, al más puro estilo pleito de escuela primaria.

Al parecer Cortázar es de esos escritores a los que se odia o ama sin punto medio, pero ¿cómo podemos entender este asunto?

En primer lugar pensemos en los ataques. La mayoría de las opiniones iban contra una sobrevaloración de la obra de Cortázar, de acusar a Rayuela de ser un mamotreto pretencioso y de atacar a sus personajes como caprichosos, inmaduros y pésimos modelos (especialmente señalada es el personaje de la Maga, contra quien se arremete como si su intención fuera ser un role model cuando es sólo un personaje literario). Del lado de los defensores se esgrimieron principalmente pruebas de reconocimiento institucional, citando todos los premios y menciones del autor como motivo de su legitimación de gran exponente de la literatura en español. Por supuesto ni uno ni otro fueron muy específicos en cuanto al asunto literario, dejando siempre abierta la duda de cuánto se conocía realmente de la obra en cada bando, pero no entraré muy a fondo en este punto. Prefiero continuar esta disertación para hacer notar un hecho muy particular. Cuando los debatientes se enfrentaban uno a uno y empezaban a cuestionarse, tras unos cuantos ataques vagos siempre se llegaba a un impase cuando alguno de los enfrentados, inevitablemente, caía en una respuesta semejante a esta: “Bueno, es que a mí sí (o no) me gusta, y eso es lo que importa”.

La foto clásica para no errarle.

La foto clásica para no errarle.

Y es que siempre que un argumento fracasa utilizamos la carta del gusto como un comodín infalible e incuestionable. Que a uno le guste o no algo justifica cualquier tipo de opinión, incluso si se carece de fundamentos. Hemos puesto la esfera del gusto personal sobre la del conocimiento o la sensibilidad. La opinión egoísta se refugia en el gusto, y en asuntos literarios esto es moneda de cambio corriente.

No me malentiendan, el gusto es un motivo válido al momento de la identidad literaria. Todos tenemos preferencia por algunos temas y autores, estilos y géneros, es gracias al gusto particular que desarrollamos un espíritu literario único y un camino de lecturas que se encadenan. Sin embargo, ¿esto es razón suficiente para juzgar desde las alturas cualquier cosa?

La literatura, como todas las artes, también significa un camino de descubrimiento, donde la percepción se expande y la experiencia descubre nuevas sensibilidades. El contacto con diferentes obras tiene como objetivo último enseñarnos un paso y, de manera natural, refinar nuestro gusto, no en el sentido de sofisticación, sino como capacidad de detectar los elementos de valor en la obra de arte, tanto como deleite estético como valor artístico en sí mismo.

Tomando en cuenta lo anterior, el argumento del gusto se queda en el plano del berrinche pueril. Claro que podemos tener gustos diversos y excluyentes, pero como lectores debemos tener la capacidad de hallar y reconocer el valor en aquello que no nos gusta precisamente. Y me parece que ese es el caso con Cortázar. Hay varias razones para no gustar de él, primero, era un viejo payaso, sí, lo he dicho, y eso sin duda empaña su imagen, pero no demerita su obra. De ser así, odiaríamos la mitad de la literatura, puesto que bien sabemos que los escritores no siempre son las personas más agradables.

También influye la asociación generacional de la obra de Cortázar, que con su tono rebelde y bohemio es muy apreciado por la adolescencia, pero cuando los lectores crecen tienden a menospreciar muchos de sus temas y valores, tomando en cuenta que esa es ya una “fase” superada. Y como éstas, sean válidas o no, puede haber un sinfín de razones que rompan el equilibrio en la balanza del gusto y nos inclinen a pensar de una u otra manera sobre un autor y sus escritos.

En lo personal no soy gran admirador de Cortázar, pero eso no me impedirá decir que Rayuela, en su construcción, es una aventura impresionante, que hay algunos capítulos que vuelan la mente y reflexiones que impresionan y conmueven. Tampoco negaré que los cuentos de Cortázar poseen un brillo ingenioso que embelesa y momentos tan extraños que cautivan, no me atrevería a menospreciar la maestría de cuentos como Casa tomada, que hasta la fecha me causa escalofríos. Cortázar fue un gran escritor, y no podemos negarlo a él ni a todos sus escritos por una mera cuestión de gusto.

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