Vorágine

Abandonar y la esperanza del regreso

2 octubre 2014 | Andrés Borchácalas

Hace dos años sucedió que me regalaran libros en mi cumpleaños. No hubo desperdicio, en el paquete venían Crimen y castigo (Dostoievski), El mundo alucinante (Reinaldo Arenas) y Los siete locos (Roberto Arlt). El primero tardé dos años en terminarlo, el segundo todavía no acabo y el primero lo leí demasiado rápido (el tiempo ha hecho que se me olviden varios pasajes), por lo cual, cuando quise leer la continuación, Los lanzallamas, sucedió que no entendiera demasiado.

Resulta que hay libros que no son malos, no nos disgustan, pero nos cansan. Más de las veces se nos olvida que leer no es sólo abrir el libro y consumir las líneas como quien ve un maratón de películas, sino es un juego que requiere de atención, caricias suaves a las páginas que demandan atención en sus letras. Es complicado y muchas veces no tenemos las energías para complacerlos.

Así me ha pasado con Arenas y Arlt. No es que no quiera terminarlos o me parezcan terribles (hay que saber abandonar los libros cuando son más martirio que gusto), sino porque, en ese momento, sé que no es el mejor para ellos. ¿Qué hacer en esos casos?

Hace poco discutíamos algo de esto en una sobremesa en el comedor de la oficina (me sale corbata del cuello). ¿Cuándo se debe dejar un libro de lado y por qué razones? A mí se me ocurren algunas.

La primera ya la ha tratado Hombrecactus: el libro es malo, tanto, que sería un insulto a nosotros mismos seguir desperdiciando nuestro tiempo en un tabique de seiscientas páginas cuando en la doscientos queremos quemarlo. Ni la inquisición era tan cruel.

La segunda es que no estamos listos para el libro.

Un libro que alguien quiso pero dejo esperando en la playa como amor imposible.

Un libro que alguien quiso pero dejo esperando en la playa como amor imposible.

El mundo alucinante tiene un estilo que, más que querer encontrarle un sentido trascendental, hay que paladear el lenguaje con que desarrolla su narración. Es algo que bien podrías susurrar al oído de aquella muchacha para enamorarla, aunque la novela no sea ni de cerca romántica, pero la sonoridad embelesa.

Por otro lado, Los lanzallamas es más mundano, pero me perdí. Hay situaciones en la vida en las cuales uno debe reconocer que no está preparado, que se debe hacer un recuento de las armas que tenemos y recolectar aquellas que nos faltan: tiempo, ganas, memoria. Es frustrante, sobre todo cuando dices haber disfrutado muchísimo la primera parte y afirmar que el autor sabía exactamente de qué iba la vida, la miseria y la política. Un golpe al ego, pues (y esos siempre son buenos, aunque duros).

El momento no es el adecuado. Los siete locos me dejó con ganas de más, pero no puedo lidiar con ese algo más, al menos no en este momento. Tal vez porque sepa que requiere más tiempo del que puedo o estoy dispuesto a dar en este momento. Quizá sea la atención que puedo o no darle. Puede ser que no sea nuestro momento. Así pasa a veces y no es una gran tragedia. Así las cosas, así es la vida.

Y hay otra razón por la que uno debe dejar un libro que sabe bueno de lado: uno simplemente no congenia con él.

Alguien, en algún momento nos dijo, con toda la mala fe del mundo,  que la literatura universal y los buenos libros son cosas que no puedes dejar de lado, que debes llevar a término, a menos que desees verte como un cerdo inculto o un troglodita insensible e incapaz de entender las más sutiles fibras de la humanidad. Patrañas, pues.

Nada en el mundo es universal y no por ser un gusto generalizado debemos creer que será para nosotros. Vale la pena también dejar de lado a Cervantes si ya nos aburrió, despreciar a Homero si lo encontramos tedioso, burlarse de Sabines con su postura eterna de Cristo crucificado (gracias, Jorge, por esta imagen preciosa) si nos parece ridículo.

Tal vez sea yo un hedonista y no entienda aquello de sufrir algo (a pesar de mi masoquista personalidad) que sabes de antemano que no vas nunca a disfrutar o que simplemente no te está aportando nada; de penar algo que te gusta, pero que sabes que no estás preparado.

En cambio, regresar después puede ser una mejor opción.

Crimen y castigo intenté empezarlo más de tres veces. Una de ellas fue en un avión, regresando de una entrevista de trabajo a la cual yo no quería ir, pero a la que acudí de todos modos. No pude con ella (la novela, en la entrevista me fue de maravilla aunque después rechazase el trabajo). Meses después, las condiciones fueron idóneas. Una vez que empecé no lo pude dejar y fue uno de los descubrimientos más grandes que he hecho en el año (qué original soy, ya lo sé). Las condiciones para que pudiera disfrutarlo estaban dadas, en el avión no (¿quién puede leer a Dostoievski después de estar 36 horas en movimiento perpetuo en medio de dos personas en un avión atiborrado de gente?)

Creo que, si la lectura no está funcionando, así como las cosas cotidianas de la vida que nos gustan, lo más honesto es dejar de lado y esperar que, en algún momento, las condiciones se den para regresar a ello.

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Acerca de Borchácalas

Borchacaleo en los sueños ajenos hasta cansarlos.

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