Vorágine

El ruido y la furia y el monólogo interior

07 octubre 2014 | Andrés Alba

En la actualidad estamos familiarizados con la narración en primera persona cuando de ficciones literarias se trata, es decir, que el narrador sea uno de los personajes, que desde su perspectiva particular cuente lo que le ha pasado a él y a otros, de tal manera que el argumento va siendo revelado a nosotros los lectores, eso sí, con el personaje como nuestra única fuente e inevitablemente, con la impresión personal que éste tiene de los acontecimientos.

A decir verdad, esta parece ser la estructura narrativa que predomina hoy en día, de los últimos diez libros de autores contemporáneos que he hojeado, podría decir que siete por lo menos se desenvuelven a través de la primera persona, sin embargo, esto no fue siempre así y si le dan un vistazo a los clásicos del siglo XIX y mucho más atrás, notarán que la norma se encontraba en la tercera persona, en el narrador objetivo y omnipresente con la facultad de narrar todo lo acontecido al interior y exterior de los personajes.

Se trata entonces de un estilo que se desarrolló durante el siglo XX (y no me refiero a que no existiera antes), y entre sus máximos exponentes se suele señalar al escritor estadounidense William Faulkner.

Fawlkner sí tiene estilo como para Profesor X

Fawlkner sí tiene estilo como para Profesor X

Faulkner es afamado por sus historias rurales, sus personajes crudos y su retrato asertivo y conmovedor del sur de los Estados Unidos. Yo le conocí por sus cuentos, su estilo me atrapó al instante, su tono y sus temas me parecieron especialmente atractivos. Una rosa para Emily se encuentra todavía entre mis relatos cortos favoritos. Más tarde leí mi primera novela de Faulkner, Luz de Agosto, que me conmovió profundamente, sin embargo se trata de obras narradas en tercera persona, así que más allá de un par de cuentos, aún no había llegado a esa maestría que se le asignaba al autor.

Hace unos días decidí al fin leer una de sus novelas más famosas, El ruido y la furia, y sin más información que la de mis lecturas previas me lancé sobre ella. No tenía idea de lo que me esperaba, admito que al principio la experiencia más que placentera fue desconcertante.

El ruido y la furia es la cuarta novela de Faulkner, y también es el inicio de lo que los expertos llamarían más tarde: el monólogo interior. El libro trata de la decadencia de los Compson, una familia sureña de vieja ralea que no es capaz de adaptarse a los nuevos tiempos y que es corroída por las relaciones enfermizas de sus integrantes. Dividida en cuatro capítulos y un apéndice, está narrada casi en su totalidad (el último capítulo y el apéndice son la excepción) en primera persona, pero no se trata de una primera persona cualquiera, dista mucho de ser la narración individual de un personaje que va explicando paso a paso sus pensamientos y acciones de manera ordenada y coherente, como ocurre la mayoría de las veces, no, cuando Faulkner dice que es un monólogo interior lo dice muy en serio.

En cada capítulo encontramos una narración fragmentada, donde las ideas van y vienen y el desplazamiento del tiempo del espacio ocurre sin mayor aviso. Frases sueltas, escenas descontextualizadas, reflexiones personales y filosóficas, todas se suceden en una sinfonía caótica que puede llevar a la confusión y frustración como lector. Al principio de mi lectura sólo podía pensar “¿Qué demonios está ocurriendo aquí?” pero la intriga se fue disipando cuando pude ver el motivo de todo el desorden.

En El ruido y la furia, Faulkner no permite a sus personajes que hagan una narración de los hechos, ninguno de ellos cuenta nada a nadie, no existe la estructura propia de transmitir un relato a alguien más, por el contrario, los personajes sólo hablan consigo mismos, y lo hacen como lo hacemos todos, mediante un pensamiento profundo e introspectivo que sólo responde a la lógica interna de la persona, aquella que prescinde en ocasiones del lenguaje mismo. Los personajes no nos dicen lo que piensan, somos nosotros quienes invadimos sus pensamientos. EL caos de la narración es familiar porque nos ocurre como seres humanos todo el tiempo, es una inmersión a la psique ajena. Con el monólogo interior, Faulkner nos dota de poderes telepáticos, entramos en el personaje, somos el personaje, y como ocurriría en una mente real, no hay un orden argumental establecido, sólo piezas y recuerdos.

Nunca antes me había sentido tan dentro de un personaje como durante esta lectura, y cuando ese misterio es revelado, la historia de los Compson se va manifestando lentamente entre espejismos y alusiones, todo encaja en la vorágine. Faulkner incluso nos lleva a la mente de Benjy, un personaje con retraso mental, y el proceso cognitivo se manifiesta diferente al de sus hermanos Jason o Quentin, de manera que cada mente es un mundo no sólo por su perspectiva sino en su esencia. El ruido y la furia es una experiencia retadora pero invaluable, un libro magnífico que revela el verdadero potencial de la narración personal, y si me perdonan la expresión vana y escandalosa, es lo más parecido a tener, para bien o para mal, la sensación de la telepatía como poder mutante.

El ruido y la furia, William Faulkner, Alfaguara, 2012.

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Un comentario el “El ruido y la furia y el monólogo interior

  1. afrendes
    marzo 28, 2015

    Faulkner está muy bien pero siempre me parecerá un discreto discípulo al lado de Joyce. Lo digo porque en este último, la invasión en el pensamiento de los personajes es aún más fuerte, esa sensación telepática de que hablas es más vigorosa y sus personajes más ricos. Es curioso que Faulkner parezca haber tenido más influencia que el propio Joyce.
    Un saludo!

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Esta entrada fue publicada en octubre 7, 2014 por en Uncategorized y etiquetada con , , , , , , .

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