Vorágine

Chisme de pueblo

11 noviembre 2014 | Andrés Borchácalas

Me gusta el mitote, la tertulia, el chisme de lavadero. Los mejores son aquéllos comunes que están en el día a día pero que no se cuentan, que subyace escondidos bajo las palabras, el que no se cuenta o se cuenta un poco velado en guiños e indirectas y que, de salir a flote, las cabezas rodarían. No necesariamente debe ser mórbido, que alguien haya matado a alguien o cometido algún crudo e innombrable crimen. Una simple historia de amores ocultos y enredados basta, el titubeo de él, la mala leche de la otra, la inocencia estúpida de una. Son los que tienen carnita.

Boquitas pintadas de Manuel Puig justamente va de esto: un enredo amoroso que tiene más de una partida y el chisme de pueblo chico.

Hace poco en clase hablábamos sobre que lo importante en una historia no necesariamente es el desenlace, sino lo que ocurre antes y su capacidad para envolvernos en la trama, que saber el final no es tan importante como saber cómo sucedió. Y eso es lo que sucede en esta novela que se cuenta como una mezcla entre crónica policiaca, narración epistolar y otros métodos poco ortodoxos, pero que funcionan bien en cada pasaje que se utilizan.

La portada en cuestión.

La portada en cuestión.

De entrada sabemos que los personajes principales, enamorados como estuvieron en algún momento, y quizá hasta su muerte, no van a terminar juntos y que uno de ellos va a morir antes que el otro. ¿Pero qué sucede con su historia? ¿Por qué dan su último respiro por separado, después de años sin verse? ¿Qué sucede con los amigos y enemigos que los rodeaban? Ese es el tema medular de la historia.

Es desgarrador pensar en que uno no va a estar junto a esa persona que realmente ama, sabiendo que la razón por la cual nos despreciaron está infundada, y terminar viviendo el resto de nuestros días durmiendo en el lecho de alguien a quien no amamos, teniendo hijos que nos parecen horribles, añorando a ese viejo amor de juventud mientras releemos sus cartas una y otra vez.

O puede ser desasosegante ser la mujer que se sabe la otra, enamorada de quién sólo la utiliza para placer. Triste si somos aquella que se va con tiento y se enamora de quien está más preocupado por su carrera que por ella.

Sí, es fácil verse en los personajes, meterse en su piel, encontrar las sutilezas debajo de las palabras que esconden la verdadera historia, que cuentan justo aquello que se oculta con tanto ahínco y que cada uno desconoce por separado. Manuel Puig tiene el don de mostrarnos siluetas que se dibujan atrás de una cortina a través de la cual sólo escuchamos sus testimonios y los cruces de sus historias; lo que cada uno piensa, lo que cada uno se pregunta: las preocupaciones y la espera de la llegada de las pasiones nos muestran esto a trazo ligero, a pesar del tono más bien seco.

Sin embargo, lo más importante es que ellos se pueden sentir. Se atraviesan mutuamente y, de cierto modo, se vuelven reales ante nuestros ojos. Aquí no existe falsedad, podemos ver los matices. Ni blanco ni negro, cada uno es su propia tonalidad de gris, cada uno tiene sus razones para hacer lo que hace, para permitir lo que permite, para destruir lo que destruye y amar a quien ama. Como la vida misma, pues.

Manuel Puig, Boquitas pintadas, DeBolsillo, 2013.

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Acerca de Borchácalas

Borchacaleo en los sueños ajenos hasta cansarlos.

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Esta entrada fue publicada en noviembre 11, 2014 por en Novela, Reseñas y etiquetada con , , , .

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