Vorágine

La desobediencia civil, tú y yo

26 noviembre 2014 | Hombrecactus

Resulta que salimos a las calles, empujados por el dolor, el hartazgo, la impotencia; que a pesar del cansancio acumulado en los ojos y en los pies, el grito logra salir de las gargantas laceradas de tanto ser ignoradas. Caminar hacia la plaza es desplazarse en medio de la podredumbre, del sufrimiento y de la pérdida; sumergidos en la injusticia.

Y en medio una pregunta necesaria: ¿Qué hacer además de lo que ya se hace? ¿Cómo hacerle saber a aquellos que cierran los ojos y se tapan los oídos que seguimos aquí, que queremos salir del estado de asco y odio en el que estamos?

Las respuestas son múltiples como visiones del problema haya, de la lucha frontal al exilio. Una de ellas, usualmente mencionada pero no siempre entendida, es la desobediencia civil, inicialmente propuesta por Henry David Thoreau en 1849. A raíz de todo, Tumbona ediciones dejó gratis la edición que ha hecho del texto y que es la que he leído.

La postura fundamental de Thoreau, y que nadie en su sano juicio podrá negar, es que legalidad no es lo mismo que justicia, que el Estado no funciona en ciertos aspectos y que los legisladores son básicamente gente incapaz. Se pregunta que si “hay leyes injustas ¿nos resignaremos a obedecerlas o intentaremos enmendarlas y no las obedeceremos sino hasta que lo hayamos conseguido?”. Su respuesta es este breve ensayo (que inicialmente fue una conferencia).

Muestra que es indispensable reconocer la existencia de leyes injustas que no buscan el bien común, que no se preocupan por el ser humano sino que responden a intereses personales de aquellos que ocupan el gobierno; y por lo tanto hay que actuar contra esas leyes, contra esos intereses. En el momento en que él escribe esto, la esclavitud en Estados Unidos y la guerra expansionista contra México eran su preocupación, pero no podemos decir que las cosas hayan cambiado mucho, de un tiempo a otro, de una latitud a otra.

Todo está analizado desde el punto de vista personal ¿qué puede hacer el individuo (uno solo) contra el Estado? ¿Puede uno hacer el cambio? El autor es optimista, cree que no hay que esperar a la mayoría para empezar a oponer resistencia contra las injusticias; no tengo porque hacerlo todo yo pero “no importa que tan pequeño sea el comienzo; lo que se hace bien una vez se hace para siempre”.

Y el comienzo es reflexionar sobre la bondad de las leyes, de su justicia y cuando se ha visto que son fallidas, dañinas, dejar de apoyar al Estado que las ha creado y las impone a la población, no ser súbditos irreflexivos, dejar de pagar impuestos a pesar de las consecuencias. Un hombre puede ser más valioso encarcelado que viviendo “libre” en medio de un gobierno injusto.

Thoreau mismo fue a la cárcel por no pagar impuestos y esa experiencia lo mueve a reflexiones importantes sobre la justicia y, sobre todo, la humanidad. Se da cuenta de que “el Estado nunca confronta voluntariamente la conciencia intelectual o moral de un hombre, sino que se las tiene que ver con su cuerpo, con sus sentidos.” No es casualidad que esto nos suene terriblemente vigente cuando al salir a nombrar las injusticias e ineptitudes de nuestro propio gobierno, somos reprimidos, golpeados, encarcelados, desaparecidos.

Otro punto que me parece fundamental es que se cuestiona por las razones de humanidad del recaudador de impuestos; lo reconoce como igual, como su vecino, pero también como una forma humana del gobierno, no lo convierte en algo abstracto contra lo que ha de luchar, sino que lo ve como una presencia tangible, con sus contradicciones, con la que ha de dialogar obligadamente para seguir su camino. Rescatar a ese otro, agente del gobierno, como alguien humano es una lección que vale la pena pensar en estos momentos.

Sin embargo, Thoreau es optimista y cree en el Estado, lo ve como algo perfectible, y si bien decide no pagar impuestos por cosas que considera injustas, sí aporta para lo que cree correcto (como los impuestos para carreteras). Ser buen vecino pero mal súbdito, dice.

Pero estar dispuesto a pagar estos impuestos, o incluso ir a la cárcel demuestra un cierto grado de confianza en el Estado a pesar de todo. Confía en que los impuestos específicos que paga irán a esas acciones concretas; que incluso siendo apresado, el Estado respetará sus derechos, lo castigará por no acatar una ley injusta, pero lo protegerá de daños a su persona. Lo reconoce como un interlocutor válido, porque a pesar de la desobediencia civil, confía en que ésta sea escuchada y como consecuencia el Estado haga los cambios correspondientes.

Si bien hay ideas y lecciones que sacar de Thoreau, conviene llevar las preguntas y la discusión más lejos ¿Qué hacer en un Estado que no garantiza al individuo el mínimo respeto, que se muestra incapaz en cada ámbito, que no nos reconoce como interlocutores? ¿La desobediencia civil será suficiente?

Justicia.

Thoreau con su sonrisita ante la desobediencia.

Thoreau con su sonrisita ante la desobediencia.

Henry David Thoreau, Desobediencia civil, Tumbona Ediciones, 2012 (1849).

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Acerca de Rodrigo hombrecactus

Soy uno de esos personajes planos tipo relato de folletín que aspira a ser esférico. De esos que son copias malas de Filiberto García:sin sombrero ni pistola.

Un comentario el “La desobediencia civil, tú y yo

  1. Pingback: Cómo las minorías logran un cambio social – Psicoloquio

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Esta entrada fue publicada el noviembre 26, 2014 por en Ensayo, Reseñas, Vida de autores.

Kampa

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