Vorágine

Mario Levrero, el estático

20 enero 2015 | Andrés Borchácalas

Levrero, más que perseguirme, parecía que se mantenía estático en su lugar. Podría decir que más bien era yo el que lo evitaba sin saberlo, y que regresaba una y otra vez a encontrarlo sin decidirme a leerlo. Pasaban meses sin que me acordara de Caza de conejos, aquel pdf que Rodrigo me pasó el día que, con emoción, me habló de él. No era desidia ni que quisiera aplazarlo, simplemente me decía que otro día, uno en el que tuviera los ánimos suficientes para leer en la computadora.

Pasó el tiempo y a mí se me olvidó que tenía el archivo. En algún momento empecé a trabajar de becario en cierta editorial cuando, en uno de esos días en los que regalaron libros, me encontré otra vez con él, Fauna/Desplazamientos, un tomo con dos novelas cortas, que tardé otros dos o tres meses en abrir.

En realidad empecé a leerlo por tres sencillas razones: Rodrigo insistía en que leyera Caza de conejos, el diseño de forros me daba una mezcla de hambre y ansias sexuales, y que estaba muy aburrido. Las novelas me encantaron. Pero no lo suficiente como para quitarme la desidia de leer libros en pantalla, cosa que odio profundamente. No así decidí pedir libros, pues el lugar donde trabajaba tenía varios suyos en catálogo, aunque, por desgracia, no tenían Caza de conejos. La insistencia de Rodrigo por leerlo seguiría aún por un tiempo.

Pero resultó que sí tenían La novela luminosa, la cual tardé otros ocho o nueve meses en empezar, y la cual aún no he empezado formalmente: el prólogo (el diario de la beca que obtuvo para terminar la novela) ocupa tres cuartas partes del libro. Supongo que fue aquí cuando empezó a despertar mi interés ya en forma, pues me había ya topado con Mario Levrero en varias ocasiones, y lo había ignorado categóricamente, o tomado un poco a la ligera, a pesar de todo lo que me había mostrado con dos novelas sencillas. Lo tomé (he tomado) como libro para leer en el metro. Funciona bastante bien.

La invasión y el irremediable encuentro se dio por dos eventos: haber por fin encontrado un día en versión impresa (y en una preciosa edición ilustrada de Libros del Zorro Rojo) Caza de conejos y La trilogía involuntaria (La ciudad, París y El lugar, todos en una bonita caja de DeBolsillo) dos semanas después. Era inevitable: tenía que meterme a fondo y leerlo. Y eso hice.

En menos de dos meses leí cuatro libros enteros de Mario Levrero y no pude sino pensar que toda esta odisea se parece un tanto a sus novelas: el personaje principal fantasea, se mueve, falla, desea, pero el entorno se opone y la fantasía reina en las páginas. Las reseñas lo comparan con Kafka. Yo, por suerte, no he leído lo suficiente para hacerla, y puedo fácilmente pensar que más bien sus historias podrían ser aquellos sueños míos de persecuciones, de escapes fallidos, de viajes interminables; que bien podría yo ser el protagonista que imagina los posibles caminos que una decisión tendría en un momento dado.

Levrero en calzones, sin moverse.

Levrero en calzones, sin moverse.

Hay un eco en Mario Levrero con la imaginación y lo fantástico sin dejar de ser sutil, donde las acciones, aunque cuantiosas, parecen deslizarse en un lugar etéreo, como sueños que no se atropellan, que fluyen y que no necesariamente deben responderle a la cruda realidad.

¿Qué fue mi historia con Levrero sino uno de esos sueños en los que aquello a lo que no le das importancia sigue apareciendo? Levrero no me perseguía, ni yo lo buscaba, pero ahí nos íbamos encontrando, en pláticas, en talleres, en labios de otras personas. Simplemente nos topábamos, aunque para mí fuera un recordatorio de algo que no había leído, a pesar de las recomendaciones. Era yo el que me escapaba, sin saber que en él me iba a encontrar con alguien de quien no he podido canibalizar su lenguaje por sentirlo tan cercano al propio, ignorando que en él me iba a sentir reflejado de una extraña manera.

Sobre sus novelas hay mucho que decir, hay mucho de donde asombrarse. Por ahora, prefiero quedarme con la sensación de haber encontrado a un autor que, aunque muerto, parece saber bien de qué va esta vida posmoderna.

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Acerca de Borchácalas

Borchacaleo en los sueños ajenos hasta cansarlos.

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Esta entrada fue publicada en enero 20, 2015 por en Cosas extrañas, Curiosidades, Vida de autores y etiquetada con , .

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