Vorágine

Los prólogos malditos

24 febrero 2015 | Andrés Borchácalas

De unos años para acá no sólo ya no leo las contraportadas de los libros, sino que evito los prólogos como a la peste. La razón es la misma, pero los segundos son más peligros, pues no sólo están al acecho para destruirnos el libro, sino que también nos dicen que pensar.

Es un mal editorial, en realidad. Son más bien raras las primeras ediciones que incluyen un prólogo, a menos que sea el mismo autor el que lo redacte para hacer algún tipo de advertencia o aclaración: “Este libro lo escribí tres veces, no se me culpe si es un insulto al tiempo del lector”. Pero estos casos son más bien raros (como el “Diario de la beca” para La novela luminosa, donde Levrero más que hablar de la novela, habla de él mismo durante el año que gozó de la beca Gugenheim). El prólogo es más bien esa disertación que los editores meten (metemos) con calzador antes del cuerpo del libro y que se la piden (pedimos) a alguna reconocida pero bien desconocida personalidad, esperando que esto atrape a algún incauto lector y logremos vender esa edición de bolsillo.

El problema de esto no es tanto que exista alguien que hable del libro en cuestión, sino que nos insulten con ello al principio del libro, dejándonos con cierto sentimiento de culpa si nos dignamos a saltárnoslo. Por suerte, hace mucho dejó de remorderme la consciencia. Pero resulta que estos “pretextos” no sólo nos dicen qué pensar mientras nos revelan lo más importante de la trama del libro (y, muchas veces, lo revelan mal, o simplemente no entendieron la obra, pues cuando leemos el libro, pareciera que leyéramos algo que se parece, pero que no es. Se evidencian los prologuistas, pues), sino que son aburridísimos. Si un incauto lector tuviera en sus manos alguna de esas ediciones anotadas que los estudiantes de letras aman, moriría antes de siquiera llegar a las primeras diez páginas del estudio previo (que no es sino otra manera elegante de llamarle al prólogo extenso y documentado con otros prologuistas que no lograron insertar su texto en una editorial, pero si en el acervo de tesis doctorales en las universidades).

Un lector enojado porque el prologuista le arruinó la lectura.

Un lector enojado porque el prologuista le arruinó la lectura.

Tal vez la razón por la que las editoriales siguen usando los prólogos, a pesar de sus evidentes estragos contra de la lectura, es este servicio a la sociedad para curar el insomnio mientras te da una idea de qué trata el libro. Hay veces que con eso se tendrá que conformar el lector, pues he visto a muchos, incluyéndome, desertar a la mitad del prólogo, después de dormir cada tres páginas. Pero al menos pudimos dormir y podremos regodearnos de saber de qué trata el libro de fulanito de tal, un clásico de la literatura, y eso es lo que cuenta.

Los prólogos parecen hacer más daño que bien. Le quitan al lector el placer de descubrir la lectura por sus propios medios, arruinan la lectura, le dan mala fama al autor y a la escritura y además hay que saltárnoslo.

Propongo que, si el prólogo no puede quitarse, si creemos que un libro no venderá si no añadimos las importantes palabras de Pito Pérez comparando el libro con Kafka (todo libro es kafkiano), al menos escondámoslo al final de la obra, donde cada quien pueda decidir, sin riesgo a sentirse obligado, a leerlo después de que haya descubierto el libro por su cuenta. O, si bien lo prefiere, a curar su insomnio.

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Acerca de Borchácalas

Borchacaleo en los sueños ajenos hasta cansarlos.

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Esta entrada fue publicada en febrero 24, 2015 por en Cosas extrañas, Sobre libros y otras fantasías y etiquetada con , , .

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